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Especular sobre las historias personales de los otros, en caso de emergencia, podría ahorrarte malos ratos

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Ilustración: Ana Paula de la Torre Díaz

 

Si como dice Anaïs Nin, “no vemos las cosas tal como son, las vemos como nosotros somos”, entonces la personalidad tiene un papel deslumbrante en lo que el mundo finalmente es, tanto en lo individual como lo colectivo. Lo que somos es un producto de sumas infinitas; desde la información de nuestro ADN, que puede abonarnos sin decisión propia patologías o virtudes, hasta la determinante historia individual. 

La historia individual y la empatía

Es muy posible que muchos de los defectos propios tengan una raíz (si no en el ADN) en algún capítulo específico de nuestra vida –aun si no lo recordamos. Es bien conocido que un niño que experimenta rechazo o vive en un entorno hostil puede generar ese mismo tipo de tendencias con los otros. Así, de alguna manera estamos marcados por el contexto en que vivimos, sobre todo en los primeros años de vida. Es decir, somos hasta cierto punto seres reactivos.  

Una de las preguntas más apremiantes al momento de cuestionarnos a nosotros mismos y a la sociedad es la siempre misteriosa pregunta: ¿hasta qué punto soy responsable de lo que soy?, ¿soy responsable de mis inercias e inclinaciones? Incluso la falta de conciencia sobre nuestros propios defectos y virtudes, ¿es responsabilidad propia? Lo cierto es que, creo, existe una importancia en conocer aquello que buscamos ser y autoexaminarnos para, con humildad, evaluar qué es lo que necesitamos modificar o mejorar para alcanzarlo (aunque quizá nuestra inclinación “natural” sea lo contrario).  

Con esta persona no puedo

Si bien es cierto que hay situaciones intolerables, como la violencia hacia la infancia o la pederastia, por ejemplo, es asimismo real que la empatía, ese "ponernos en los zapatos del otro” significa también, al menos, imaginar la situación que vivió aquel que hoy nos parece deleznable. 

Un ejercicio de imaginación que nos invite a pensar fugazmente en que ese hijo de puta que no respetó esa larga fila o que, en su rol de burócrata, te atendió de muy mala manera, guarda quizá un resentimiento que canaliza torpemente en pequeñas venganzas contra la sociedad; en realidad es víctima, en cierta medida, de su propia historia y de su propio resentimiento –sea o no consciente de esto. 

En un artículo publicado por la Universidad de Berkeley, dos de los seis hábitos que practican las personas más empáticas tienen que ver con el ejercicio de imaginar la historia personal del otro. En primer lugar, cultivar tu curiosidad ante un desconocido y sus circunstancias, y en segundo, imaginarte viviendo su vida.   

Erigirnos como jueces del grado de responsabilidad que cargamos sobre nuestra propia personalidad es complejo; hacerlo con los demás es quizá imposible. Por ello, tener presente siempre que muchas personas son víctimas de sus propias condiciones (y de su incapacidad para revertirlas) es un buen aliciente para generar empatía con nosotros mismos cuando nos parezcamos intolerables, y lo mismo con el otro cuando lo padecemos.

 

Twitter de la autora: @anapauladelatd

 

Somos al fin y al cabo solo la suma de nuestros actos
[caption id="attachment_97772" align="aligncenter" width="600"]Imagen de: http://www.msxlabs.org/forum/genel-galeri/2306-fraktal-resimler-39.html Imagen de: http://www.msxlabs.org/forum/genel-galeri/2306-fraktal-resimler-39.html[/caption]

 

Hay que cultivar nuestro jardín

Voltaire

 

Condicionada desde temprana edad a percibir la vida como tragicomedia, solo apreciaba las manifestaciones burdas como trascendentales. Así vivo en la espera de catarsis (si no llega la provoco), y suelo dejar pasar la impecable sutileza que (se y me) siembra en silencio.

 

Reaccionar es fácil.

Quedarse quieto, observar y luego ser, en nuestro día a día, no tanto.

Sin embargo, ahí, en ese exquisito y discreto silencio, sucede la magia.

 

Lentamente, serenamente, nuestros paradigmas arden. El cambio, esa constante de la vida, está siendo. No hay apocalipsis majestuoso, solo cotidianidad, esa que sutilmente va tejiendo nuevas narrativas. La “realidad”, como todo sistema, depende y requiere de todos sus elementos para desdoblarse. Se moldea y (se) transmuta según cada una de las entidades que la conforman lo hacen. Somos su trazo, y al sucedernos vamos mutando nuestro entorno, segundo a segundo. Es, simplemente, la totalidad de nuestros actos. Ellos nos moldean a nivel individual y así nos ramificamos como sociedad.

 

Mientras aprendo a distinguir el territorio del mapa, me es más evidente nuestra unicidad. Entre más yo me asumo, mis fronteras se me revelan cada vez más tenues. Somos uno, pero no lo mismo. Impecables e infinitas manifestaciones de un mismo vacío. Entre más me observo y me hago responsable de todos mis yo’s y la pluralidad de sus manifestaciones, más impecablemente e íntegramente puedo ser yo.

 

Yo soy otro tú, y no quiero ser tú. Solo así tú puedes ser otro yo.

 

Ahí, se reinventa la noción de común-unidad desde su núcleo más intimo. Al observar lo que es, puedo ser lo que soy, y permitir que todo siga fluyendo tal cual es, la suma de todas sus partes. Se trata de hacer no de buscar, actuar no reaccionar, compartir no vender, sumar no competir, y sobre todo de ser, no de pretender.

 

Está(mos) sucediendo(nos) ahora.

Somos al fin y al cabo solo la suma de nuestros actos.

Solo el acto se vuelve trazo.

 

Twitter de la autora: @ellemiroir