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¿La vida doméstica en pareja acaba con el deseo puro de filosofar?

El filósofo Jonathan Wolff escribe en The Guardian un interesante artículo sobre una notable tendencia entre famosos filósofos a no tener pareja y sobre todo hijos, como si la vida familiar fuera contraproducente o estuviera en oposición a la vida filosófica. 

La lista de filósofos solteros o sin hijos de Wolff incluye en Grecia a Platón y, aunque Sócrates sí tuvo hijos, Wolff apunta que no dejó nada escrito. Esto se acentúa en la Antigüedad tardía, la Edad Media y el Renacimiento, donde la mayoría de los filósofos eran también sacerdotes o "doctores" de la Iglesia --como han sido llamados Santo Tomás y San Agustín-- y por lo tanto naturalmente castos, con algunas pocas excepciones como el mismo Agustín de Hipona, quien antes de entrar al clero tuvo su etapa de disolución ("dame la castidad, pero aún no" es una de sus frases famosas) y fue padre de un hijo. Podemos añadir a Plotino, el gran filósofo neoplatónico de Alejandría que, si bien no tenemos muchos detalles de su vida exceptuando la biografía de su alumno Porfirio, a todas luces vivió una vida casta, incluso negándose a ser retratado en alguna ocasión puesto que habría estado avergonzado de su forma mortal, según su alumno, como una muestra de su integridad espiritual y su rechazo de todo lo material. Plotino, reconocido por su gran integridad moral e incluso confiado a ser el educador de los hijos de los nobles romanos, probablemente no habría sido una buena pareja a la hora de cumplir con los llamados "deberes de la carne".

Las cosas se ponen interesantes en la lista de Wolff ya en los siglos XVII y XVIII, cuando tenemos a un ilustre club de solteros: Hobbes, Locke, Hume, Adam Smith, Descartes, Spinoza, Leibniz, Kant y Bentham. El obispo Berkeley se casó al final de su vida pero no tuvo hijos, y Rousseau se casó y tuvo hijos pero los abandonó. Más tarde  tenemos el caso de John Stuart Mill (que se casó tarde en la vida y no tuvo hijos), Schopenhauer (el gran pesimista), Kierkegaard (quien renunció a su amor a una mujer por su amor a Dios y a la filosofía, en una especie de martirio), Nietzsche, Sartre y Wittgenstein, todos los cuales nunca se casaron y no tuvieron hijos. En el caso de las mujeres filósofas, que son pocas, desde Hipatia de Alejandría (de quien no sabemos mucho, pero todo indica que no estuvo casada) hasta Simone Weil, Hannah Arendt, Iris Murdoch y la misma Simone Beauvoir (pareja de Sartre, pero que nunca contrajo matrimonio con él).

Jonathan Wolff intenta explicar esto y, si dejamos a un lado la pura coincidencia, sugiere que una posibilidad es que las mieles domésticas adormecen la agudez filosófica, eso o quizás el hecho de que una vida familiar --los llantos de un bebé, tener que pensar en pagar la colegiatura, etc.-- puede quitar el tiempo y la energía para dedicarse a la contemplación pura de la naturaleza de la realidad. El contraargumento viene,  por otro lado, de un sondeo que Wolff realizó en su facultad en el que aquellos con hijos parecen tener mejores resultados y aprovechamiento, acaso porque "si estás cuidando a tus hijos esto pone el trabajo académico en perspectiva", lo cual crea un balance entre vida y trabajo. Pero el mismo Wolff refuta esta propuesta señalando que, aunque estas personas hacen una buena labor como filósofos en la escuela, no perseveran puesto que en su balance el trabajo filosófico personal --con razón-- no es tan importante y por ello no suelen hacer todo lo que podrían --quizás viviendo una vida más de servicio a los otros. "Así es que terminan las carreras académicas de los padres, especialmente las madres", dice Wolff.

La experiencia mística por antonomasia, nadar en el mar: un ensayo para fundirse con la totalidad

 For whatever we lose (like a you or a me),It's always our self we find in the sea.

e.e. cummings

El océano, en su inmensidad, es la imagen que el ser humano ha preferido para hablar de lo infinito o de la totalidad, de un vasto cuerpo que integra a todos los demás. La sed de infinito es, según Carl Jung, lo que subyace en nuestra búsqueda de expandir la conciencia pero también de perdernos en algo más significativo, como ocurre, acaso mal canalizada, con las drogas, el alcohol y la religión en general. 

"Sentimiento oceánico" fue el término usado por Freud, a partir de Romain Rolland, para describir las experiencias religiosas, las cuales Freud atribuye a un cierto infantilismo o a un atavismo primitivo, a una especie de deseo de regresar al vientre y anular la individualidad en la del ser más vasto que es entonces la madre. No nos interesa tanto aquí si el argumento de Freud descalifica la experiencia mística (la cual fue su gran vacilación), sino enfatizar la metáfora marina como disolución del ego y de las fronteras entre el individuo y el universo, entre lo interno y lo externo; la sensación de unidad que se proyecta en la imagen más vasta a la cual podemos acceder en la naturaleza: el océano. De los grandes cuerpos de agua que ocupan la mayor parte del planeta, pero también el gran mar del espacio cósmico, las aguas primordiales que menciona el autor del Génesis, donde se posa el espíritu divino y sopla el aliento de vida, el océano primordial que es la fuente ubicua y al cual todo regresa finalmente. 

En uno de sus "espressos filosóficos" (microvideos de filosofía en flujo de conciencia), Jason Silva hace una formidable labor de invitarnos a entrar al mar, como bautismo cósmico de creatividad y encuentro con el infinito. Tolstói había dicho que "el hombre debe de tender un puente entre lo finito y lo infinito para mantener la cordura". Ese puente tiene una arquitectura océanica. "Al entrar en el océano nos fundimos con algo infinito... se resuelve [aunque sea por un momento inefable] la paradoja existencial"... "es por esto que el mar transforma y sana". En el mar encontramos la "sal del mundo", que es la forma en la que el sol se adhiere a la tierra, en la que la luz se cristaliza y el espíritu se materializa.   

Evidentemente se puede argumentar que el océano no es realmente infinito y sin embargo es un proxy del infinito, suficiente para que nuestra mente conjure una imagen y una sensación de lo infinito y puede así operar, como señala Silva, su poder curativo y transformativo. En alguna parte (probablemente en la médula) sabemos que ese mar es un eco de otro mar que no tiene principio ni final, que no tiene límites o bordes (el único límite que nos separa son los conceptos) y en el que los seres están unidos, son parte de una única realidad interpenetrante, que es más un proceso, un devenir, que una stasis o un objeto. Como dice la famosa frase de "El cementerio marino" de Valéry: "La mer, la mer, toujours recommencee"... el mar todos los días vuelve a comenzar y así el mundo en todos los instantes se vuelve a crear (¡El mar nos regala vistas de una calma celestial!). 

El biólogo Rupert Sheldrake mantiene que existen una serie de campos morfogenéticos, los cuales conforman una especie de memoria de la naturaleza a través de la cual el pasado se hace presente (como dijera Octavio Paz: "Todo es presencia, todos los siglos son este presente"). Así todos los actos que ha hecho el hombre en el planeta son una capa de información que moldea cada acto --cada ola es una imagen en movimiento de todas las olas; es por ello que se puede decir que más que especies somos hábitos. (Fluctuaciones que aparentan ser cuerpos sólidos, como si las olas que surgen pudieran congelarse en el cielo). Cada vez que nadas en el océano estás nadando con todas las veces que has nadado fundidas en el instante en el que te sumerges y con todas las experiencia de todos los hombres que han regresado al mar --a ese vientre que los recibe con su radiante apertura-- y que de alguna manera se han encontrado al nadar con un símbolo del infinito en las aguas: la diáfana presencia del potencial ilimitado. Cuando nadamos, es siempre la primera vez y todas las veces en una.  

Así, cada vez que te metes al mar, piensa que esto es un ensayo para el momento en el que algún día entrarás a otro mar y te abandonarás a la corriente, dejando todo pasado, todo concepto reificante (como un tú o un yo), toda fijación de la mente disuelta en el diamante de la espuma, en las olas que se vuelven el ilimitado templo del cielo y donde tal vez encuentres una dicha que va más allá del tiempo. Como dijera Rimbaud:

Elle est retrouvée.
Quoi? - L'Eternité.
C'est la mer allée
Avec le soleil.

 

Twitter del autor: @alepholo