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El reconocimiento de que el psicoanálisis cuenta con su propio objeto de estudio y métodos para abordarlo es lo que permite a los psicoanalistas insertarse en variadas investigaciones conocidas hoy como transdisciplinarias

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Lugar común repetido es adjudicar al psicoanálisis una función social únicamente terapéutica o clínica. La imagen del diván, el paciente echado en él, casi hipnotizado. Ojos cerrados quizá, en un monólogo dirigido al vacío.

El analista barbudo a sus espaldas, de habla pausada, saco elegante y chaleco de rombos, quien casi no hace nada más que escucharlo, con el rostro descansado sobre la muñeca entumecida, en un gesto que pretende ser inteligente, asintiendo a todo lo que le dice el paciente, guardando un silencio sin final.

Pero el psicoanálisis no sólo es clínico. Ni la clínica consiste solamente en divanes, chalecos de rombos y barbas canas. Marcelo Pasternac nos proporciona una atinada definición:

El psicoanálisis se define como un método de investigación que permite evidenciar la significación inconsciente de actos, palabras y producciones imaginarias (como sueños, fantasías, delirios) fundándose en las libres asociaciones del sujeto, que permiten construir interpretaciones. (Psicología, ideología y ciencia, Buenos Aires, Ed. Siglo XXI, 1989)

Si el psicoanálisis es un método de investigación, su papel científico y social trasciende la consulta individual. Trastoca el estudio de los pueblos, familias, escuelas, relaciones de pareja: desde luego el amor como interés de investigación. También son parte de sus intereses las manifestaciones culturales diversas, como ha demostrado Slavoj Zizek: el cine, la arquitectura, el teatro, la publicidad, la moda, la pintura, la vida de los artistas y científicos, la literatura (que ya Freud abordara psicoanalíticamente de manera genial).

El psicoanálisis no consiste en un método deductivo, es decir, que busque establecer verdades a partir del estudio de muestras enormes, estadística y todo lo que implica, ir de la generalidad a los casos únicos, como usualmente muchos creen que opera únicamente la ciencia, sino que estudia las manifestaciones del inconsciente a partir de asociaciones, surgidas de la palabra de sujetos concretos. No se trata de establecer la universalidad del complejo de Edipo, por ejemplo, sino de observar y describir la manera en que la relación edípica se manifiesta en un sujeto en particular, o en una comunidad específica que induce a sus miembros tal o cual forma de relación con la madre y el padre. En este sentido, el método psicoanalítico coincide con una serie de tradiciones antropológicas que encajan en la vertiente filosófica y metodológica llamada cualitativa o inductiva. Se pretende captar la experiencia de un sujeto o de una comunidad desde su propia voz, en sus propias palabras, tal como se conciben ellos mismos en su contexto único.

Como instrumento de trabajo, el método psicoanalítico no cuenta más que con las herramientas lingüísticas, cognitivas e ideológicas del psicoanalista. De ahí que Freud en su psicoanálisis profano recomendara, incluso insistiera tajantemente, en la necesidad de que los psicoanalistas neófitos asistieran a psicoanálisis didáctico antes de pretender curar a otros. En pocas palabras: el hecho de que nadie debe intentar psicoanalizar a los demás si previamente no ha asistido a psicoanálisis.

En las tradiciones de investigación llamadas cualitativas se reconoce un lugar preponderante al propio investigador, su personalidad y su lenguaje como principales instrumentos de conocimiento, y la consiguiente “implicación” de los mismos en su objeto de estudio. ¿Podrá ser de otro modo acaso? De hecho, el método psicoanalítico no puede ser un “método” en el estricto sentido de la palabra, como los positivistas --pensemos en el filósofo Mario Bunge, por ejemplo-- lo entienden. Por ello Bunge dice tajantemente que el psicoanálisis no es ciencia, rechazando drásticamente como no científico todo lo que no entre en los cánones de las matemáticas, las ciencias naturales y las exactas, con quien de ningún modo estamos, por cierto, de acuerdo.

El llamado “método” en psicoanálisis no consiste, para la sorpresa de muchos, más que en la acción analítica del propio psicoanalista, quien cuenta con su aparato intelectual, pero principalmente con su propia personalidad: emociones, historia personal, intereses, creencias y decisiones propias. Y no puede ser de otro modo: el psicoanálisis habla de una relación entre seres humanos, donde quien ocupa el primer lugar no es el o los sujetos estudiados o analizados, sino el propio psicoanalista. El analista parte de sí mismo, de lo que ha progresado en su propio análisis personal para comprender a otros. Él inicia en su persona, con el reconocimiento de que es parte indisoluble de la relación con las gentes a quienes aborda, escucha y observa. Sólo así puede lograrse algún proceso en el conocimiento psicoanalítico. A esto Freud lo llamo, en términos más precisamente freudianos, transferencia. En la sociología cualitativa francesa, muy inspirada en el psicoanálisis, se le llama hoy en día “implicación”.

Entonces, el método psicoanalítico se extiende bastante más allá de la situación del diván. Comienza con el incesante autoanálisis del propio analista y su reconocimiento férreo como parte de una relación humana concreta. Un psicoanálisis didáctico primero para sí mismo, que puede durar años, y un autoanálisis diario, nada sencillo y cotidiano, que no debe terminar jamás. Un compromiso ético y científico con su persona y su comunidad.

Metodológicamente hablando, el psicoanálisis no tiene nada que ver con la aplicación indiscriminada de una terminología oscura y para iniciados, como muchos ingenuos pretenden, difaman y actúan, autonombrándose psicoanalistas tan sólo por utilizar palabras y conceptos extraños y barrocos, sino con la comprensión de una situación humana de espejo donde unos, los que practican el psicoanálisis para comenzar, son capaces de saber que se están viendo a través de los ojos de los otros. O así lo intentan cuando menos, con mayor o menor sinceridad, para luego permitir a los analizados, pacientes, clientes, consultantes o como quiera que sea, ser capaces de poseer el mismo conocimiento de la relación intrahumana.

 

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maxresdefaultEl conocimiento psicoanalítico logró dar un paso bastante importante en la asunción de su propio objeto de estudio: el inconsciente. Los primeros tanteos de Freud en sus escritos iniciales sobre histeria al lado de Breuer a finales del siglo XIX son apenas algunos acercamientos precientíficos, quizá hasta ingenuos ante nuestros actuales ojos.

Pero Freud no logrará dar en un certero blanco hasta 1900, con su libro La interpretación de los sueños. En él apunta hacia el inconsciente como objeto de estudio del psicoanálisis. Plantea que se le puede conocer a través del estudio de diversos fenómenos psíquicos: lapsus, actos fallidos, asociación libre. Pero el principal medio, el definitivo, es el análisis de sueños. Según Néstor Braunstein y Marcelo Pasternac (1989), psicoanalistas preocupados por el sustento epistemológico a su campo de trabajo, al tratar de construir su propio objeto de estudio, el psicoanálisis da un paso hacia su constitución como disciplina. El inconsciente será ese preciado objeto de estudio. Largamente anhelado, meditado, reflexionado y cercado por diversos métodos de investigación, los cuales seguirán, enriquecerán, extenderán y ampliarán los seguidores del patriarca Freud tras su muerte.

En la actualidad los psicoanalistas caminan de la mano de los etólogos, estudiando las conductas animales y humanas, innatas y aprendidas, en las estaciones biológicas de la Europa Nórdica y África, junto con los antropólogos y psicólogos sociales, interesándose por los cambios culturales en distintas orbes, estudiando ritos de iniciación, de paso, relaciones familiares, instituciones, religión.

No sólo pretendiendo curar individuos aislados, sino creando posibilidades de análisis y reflexión sobre diversos fenómenos contemporáneos de muchas comunidades distintas, presta sus herramientas de análisis a los estudios sobre la moda, la publicidad, los medios de comunicación, el cine. Basta leer la interesante obra del ya mencionado investigador serbiocroata Slavoj Zizek, así como la de otros neolacanianos.

El reconocimiento de que el psicoanálisis cuenta con su propio objeto de estudio y métodos para abordarlo es lo que permite a los psicoanalistas insertarse en variadas investigaciones conocidas hoy como transdisciplinarias. Es decir, en colaboración y diálogo con científicos de otros campos del conocimiento: etólogos, antropólogos, psiquiatras, biólogos, arquitectos, historiadores, semiólogos, lingüistas, etc., puesto que su objeto de estudio es el inconsciente, y el inconsciente es parte de lo humano, y también de lo animal que es el hombre. De tal modo que la función del psicoanálisis no es sólo impartir psicoterapia a  gentes diversas sobre el diván, sino investigar el conjunto simbólico que es la cultura humana.

 

Twitter del autor: @adandeabajo

Cómo iniciarse en el “Voudon Gnostic Workbook”, uno de los más extraños manuales de ocultismo

AlterCultura

Por: Federico Erostarbe - 03/29/2016

Un manual de una de las corrientes de ocultismo más extrañas que hayan existido
[caption id="attachment_108006" align="alignright" width="300"]Imagen: www.inominandum.com Imagen: www.inominandum.com[/caption]

El Voudon Gnostic Workbook es un manual de una de las corrientes de ocultismo más extrañas que hayan existido, construida sobre las variantes más oscuras de magia(k) telémica (la curiosa lógica matemática de C. F. Russell, el Club Choronzon) pero con toques del espiritismo tradicional de Allan Kardec, astrología y obviamente gnosticismo, algo de sintoísmo y mucho pero mucho Lovecraft, enmarcado todo a su vez dentro del vudú haitiano y la magia folclórica africana. Además, la corriente de la Culebra Negra (como se llama una de las órdenes que la representa) ha tenido una relación cercana con la Orden Tifoniana: fue el propio Kenneth Grant quien popularizó por primera vez el manual y a su autor, Michael Bertiaux, pero la influencia parece haber sido en gran parte mutua. La historia del texto, evidentemente, no es antigua; Bertiaux, principal responsable de la corriente, creó a mediados de los 60 un curso de ocultismo por correspondencia en torno al Monasterio de los Siete Rayos (otra de las sociedades principales del sendero, activa ésta en su momento en Latinoamérica) y su visión particular de la realidad. El VGW surgió más tarde tanto como continuación al curso como introducción, publicado sin la necesidad de que los lectores estén familiarizados con la obra anterior. Claro que al leerla se clarificarán algunos de los términos más oscuros, pero también introducirá infinidad de nuevas preguntas al punto de marear a todas las personas a varios metros de aquel que la esté leyendo. Y nada puede preparar al lector para la intimidante creatividad e imaginación que desborda literalmente de cada página del libro.

Mucho se ha escrito sobre esta versión bizarra de vudú transyuggothiano, sobre todo debido a Grant Morrison (pelado, mago y escritor). Su historia con el VGW puede ser resumida del siguiente modo: una serie de coincidencias lo llevaron a interesarse en el vudú, por lo que realizó un par de rituales (siempre desde la perspectiva de la magia del caos), con resultados que lo dejaron perplejo, ya que no tenían nada que ver con lo que conocía sobre la religión; pero más se sorprendió al leer el VGW, pues explicaba con lujo de detalle y con una identidad total los simbolismos e imágenes que lo habían inquietado. Comenzó a trabajar con el manual, poniendo sus experiencias en su cómic Los Invisibles; todo iba relativamente bien hasta que las entidades contactadas le comenzaron a enseñar cómo destruir auras y una especie de krav magá astral (por lo letal, claro). Morrison plasmó todo en la ficción, pero no le agradaba lo que estaba viendo; cada vez le agradaba menos y llegó a encontrarse en gigantes palacios de muertos y escorpiones, luchando por su vida. Se empezó a asustar; se enfermó, casi se muere. Y siempre tuvo la sospecha de que estaba relacionado con las oscuras y antiguas deidades que había invocado. A partir de ese momento disminuyen notablemente las referencias en toda su obra: sólo queda un ritual para viajar en el tiempo incluido en el VGW, pero en el mismo cómic, Los Invisibles.

En repetidas ocasiones Morrison aconsejó que nadie se meta con el texto y con el vudú debido a su peligrosidad; dicho por alguien que ha pasado los últimos 15 años de su vida recorriendo los Túneles de Set y las esferas qlifóticas, puede parecer una advertencia a tomar en cuenta. Y es cierto también que desde la primera página uno trabaja con Ghede, el Barón Samedi y los loa de la muerte. Pero no es menos cierto que para una gran cantidad de practicantes del sendero no hay nada de terrorífico en esta magia y considerarla peligrosa sería como considerar negativo al budismo tibetano por la importancia que otorga a las deidades iracundas y demás demonios, producto de su cercanía a la religión bön. La antigüedad de las entidades, lo extrañas que nos resultan al no pertenecer a nuestra cultura y el contexto surrealista en que son presentadas, generan un aura en la que esta magia se asemeja a la enoquiana, en el sentido de que “funciona”: no importa la experiencia previa del mago, cuán bueno o ágil sea en la creación inconsciente de experiencias mágicas si es que no cree del todo en ellas o cuán bueno sea invocando entidades exteriores si es que cree un poco más en ellas. Al trabajar con el Voudon Gnostic Workbook seguramente ocurra algo notable; mínimo quizás, pero notable.

Una de las tantas particularidades del libro es que, a pesar de poner el foco en la creatividad del mago a la hora de crear sus propios mundos y rituales mágicos, está repleto de rituales y pautas para la elaboración de otros tantos, cuando la mayoría de tratados esconde más de lo que elabora. Siguiendo esta modalidad pragmática, el primer capítulo del libro establece las pautas para autoiniciarse en el mundo de las energías vudú; el modo de hacerlo es mediante los espíritus del Lucky Hoodoo (o el Hoodoo Suertudo). Se trata del puntapié inicial para una relación fructífera con un panteón que incluye a los loa de la muerte, hechiceros anfibios, escorpiones ultradimensionales y arácnidos de otros mundos. Este primer contacto cercano del tercer tipo se realiza con los espíritus de la tierra y del agua, ya que todo en la naturaleza requiere de estos elementos para crecer. La tierra está representada por los espíritus de los muertos y Papa Ghede; el agua por unos magos que habrían vivido en la Atlántida hace miles de años y ahora sobreviven con cuerpos de peces, crustáceos y moluscos… y su rey, Ma-Tr. El simbolismo es evidente: la muerte y las profundidades acuáticas siempre están relacionadas con la magia. El descenso al infierno es también un sendero acuático; Cthulhu aguarda en R’lyeh y Enki, patrono sumerio de la magia, es también el dios de las aguas y de sus profundidades.

Deidades y entidades consideradas maléficas, temibles y peligrosas, o por lo menos como engañosas y traviesas. Representan al “otro”, lo desconocido y es el miedo (un miedo igual de primitivo y antiguo) el que les otorga esas características: el mismísimo Lovecraft se rinde ante la majestuosidad de Nyarlathotep de tanto en tanto (muy de tanto en tanto). Eugene Thacker escribió la trilogía Horror de la Filosofía a la reacción visceral que genera lo inhumano y cómo este miedo a un mundo sin nosotros, un mundo en el que lo humano desaparece de la ecuación, se encuentra cada vez más presente a nivel colectivo (como una obsesión). Estas deidades antiguas son una paradoja: profundamente humanas, por supuesto, pero también extrañas, inhumanas; al representar ese otro lado, son retratadas como alienígenas, como animales rapaces o como insectos, o como una combinación de ellas. Tememos el fin, la muerte y Papa Ghede es en consecuencia una deidad tenebrosa con la que podemos realizar contratos en los que siempre quedaremos debiendo (algo así como un banco común y corriente), pero eso sólo es así si tememos a la muerte. De otro modo, lo reintegramos al proceso natural y su magia cobra otro matiz. Paradójicamente y a pesar de todo lo dicho más arriba, también hay rasgos profundamente amistosos en el Lucky Hoodo y sus espíritus; y si hemos de considerarlos como los “malos de la historia”, no puedo dejar de pensar en el pirata LeChuck.

El ritual completo, el modo propuesto por Bertiaux para autoiniciarse en el sendero (y hacerse amigo de los espíritus del Hoodo Suertudo) es el siguiente:

DEDICACIÓN A LOS ESPIRITUS DEL HOODOO

Parte 1. En un lugar silencioso, siéntate en una mesa en la que debes haber puesto dos velas. Una vela negra en el norte y una azul en el oeste. Debes enfrentar al este y poner un vaso de agua en el sur opuesto a la vela negra.

Parte 2. Debes decir ahora la siguiente plegaria a los espíritus del Hoodoo para dedicarte a sus poderes y existencia. Primero prende la vela negra y di:

"OH LUZ NO HAY OSCURIDAD EN LOS PODERES DE LOS MUERTOS"

prende la vela azul y di:

"OH LUZ SOY UN HIJO DE LA LUZ DEL GRAN MAESTRO BAJO EL MAR"

toca el vaso de agua con tu mano derecha pues es la mas cercana y di:

"MEDIO DE LOS ESPÍRITUS SAGRADOS, LAS AGUAS Y BAJO TODOS LOS MUNDOS, LOS ESPÍRITUS SAGRADOS DE LOS MUERTOS Y LOS MARES, ESTOY AQUÍ PARA SERVIRLES".

Parte 3. Ahora debes decir la siguiente plegaria de dedicación a los espíritus en voz baja o en silencio para demostrarles tus intenciones:

"ME DEDICO AL SERVICIO DE LOS ESPÍRITUS, A LOS ESPÍRITUS MARAVILLOSOS DE LOS MUERTOS QUE QUIEREN AYUDARME Y A LOS ESPÍRITUS MARAVILLOSOS DE LOS SABIOS MAGOS DEL FONDO DEL MAR QUE APARECEN EN FORMAS EXTRAÑAS.

SOLICITO LA AYUDA Y PRESENCIA DE LOS ESPIRITUS DEL HOODOO Y LLAMO A TODOS LOS SERES DEL HOODOO PARA QUE ME AYUDEN.

ME OFREZCO AL SERVICIO DEL GRAN REY DE LOS MUERTOS QUE REINA SOBRE LOS ESPÍRITUS DE LOS MUERTOS.

ME OFREZCO AL SERVICIO DEL GRAN MAESTRO DE LOS ESPIRITUS MAGOS QUE TRABAJAN BAJO LOS OCÉANOS INVISIBLES. HONRO A TODOS LOS ESPÍRITUS Y ESPECIALMENTE A AQUELLOS DE LA CIENCIA DEL HOODOO, A ÉSTOS BUSCO ESPECIALMENTE PARA TRABAJAR AHORA Y POR SIEMPRE".

Parte 4. Ahora debes cerrar los ojos y pensar en los espíritus, en cómo pueden venir a ti y en lo que deseas que hagan por ti. Luego te quedarás en silencio por unos minutos y beberás el vaso de agua, pues contiene el poder de los espíritus. Apagarás silenciosamente las velas azul y negro. Te sentirás relajado y en paz, enamorado de todos los espíritus y listo para obedecerlos. Sabe que tendrás buena suerte, pues te estás convirtiendo en un Hoodoo.

Pueden ver que se trata de un ritual sencillo que no toma más de unos minutos, aunque son por supuesto completamente libres de innovar y cambiarlo; por ejemplo, todos sabemos cuánto le gusta el ron y el brandy a los loa, por lo que podemos reemplazar el agua por alguna bebida espirituosa. La decoración del altar, si es que deciden crear uno para hacer el ritual como Papa Ghede manda, suele estar regida por los colores rojo y negro, acompañada por alguna que otra calavera y vévés particulares del libro, inventados durante el ritual o de Barón Samedi, jefe de la familia de Ghedes y a la vez contracara de Papa Ghede, pero esto último sólo si son aventureros, tontos o tienen algo de experiencia (o cualquier combinación de las tres).

Una vez autoiniciado, los próximos pasos implican una versión más compleja y plena de este mismo ritual que incorpora más velas y la posibilidad de realizar un pedido a los espíritus; la creación de una caja talismánica en la que almacenar poder, plegarias de autocuración, tips para controlar las mentes de otras personas mediante la masturbación y una guía paso a paso para el desarrollo de la imaginación y los “viajes astrales” para visitar los templos en los que habitan los espíritus. Claro que con el paso de las páginas la cuestión se pone más compleja y todavía más bizarra, pero esta primera sección es de una sencillez importante. Y lo que es más importante, el aura negativa parece sólo mala publicidad; los espíritus se presentan en las páginas del VGW con una muy buena disposición, amables y hasta simpáticos. La relación debe ser entablada con el más profundo de los respetos, pero siempre en un marco de amistad y, muy importante para los espíritus del Hoodoo, sinceridad. Si se les antoja creer en ellos, bien; en caso contrario, este es el modo en que deben iniciar el camino para ponerse en contacto con unas regiones oscuras, extrañas y antiguas (aunque también honestas, divertidas y, a pesar de lo peligrosas, amables) del inconsciente.

 

Twitter del autor: @ferostabio