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10 libros para descubrir que la filosofía es, por encima de todo, un método para aprender a vivir

Filosofía

Por: pijamasurf - 04/25/2017

La filosofía no es una disciplina abocada a especular o fantasear, sino justo lo opuesto: su objetivo es ayudarnos a construir la mejor existencia posible

Muchos creemos que la filosofía es una actividad o disciplina que se dirige a la reflexión de cosas que no son de este mundo. Filosofar es, desde esta perspectiva, algo parecido a soñar despiertos, a fantasear, a imaginar cosas que no existen, a pensar ideas sin sustento ni ancla en la realidad.

Con todo, este prejuicio sobre la filosofía está equivocado. Desde el inicio de los tiempos, desde el primer momento en que alguien se puso a reflexionar sobre su vida, su realidad, el universo o cualquier otro elemento de su entorno, la filosofía surgió enlazada inevitablemente a la realidad, unida del todo a la experiencia, tejida con el mismo hilo de los hechos cotidianos. Filosofar no es, en modo alguno, enajenarse de la realidad, rechazarla y eludirla, sino justo lo contrario: pensarla para comprenderla mejor y, en algunos casos, transformarla.

En este sentido, existe una vasta tradición filosófica que corre desde la Grecia clásica hasta nuestros días, en la que la reflexión es una actividad imprescindible para alcanzar una vida plena. Vivir lo hacemos todos, pero poder vivir bien, poder tener una buena vida, una vida de felicidad, significativa y plena, es un privilegio reservado a unos cuantos.

Porque privilegio, en efecto, es poder llegar al momento de la existencia en que decimos "no" a ciertas cosas que se nos han impuesto y "sí" a otras que hemos descubierto que deseamos; privilegio es poder conocer a los otros en su dimensión puramente humana; privilegio es emprender el camino del autoconocimiento y el cuidado de sí; privilegio, en suma, es poder abrazar y construir la vida que deseamos y no la que creemos que nos fue trazada.

A continuación, como una pequeña muestra de ese cariz de la filosofía occidental, compartimos una lista de 10 títulos que señalan ese camino de vida que tiene como propósito pero, sobre todo, como trabajo sostenido, la plenitud de la existencia.

 

El banquete, Platón

Para muchos, el mejor de todos los diálogos platónicos. Una obra en donde se conjugan la exposición filosófica sencilla, clara y profunda, un estilo literario sumamente cuidado y, finalmente, una suma de perspectivas que nos invitan a reflexionar sobre el amor y el lugar que éste puede tener en nuestra existencia.

¿Por qué leerlo? A contracorriente de la idea generalizada que se tiene sobre el “amor platónico”, en El banquete nos encontramos la verdadera concepción que Platón y Sócrates defendieron sobre el amor, menos una realidad limitada al vínculo con una pareja, con los amigos o con la familia y, más bien, una suerte de energía vital que nos mantiene en el mundo, que nutre nuestra existencia y, como sujetos, nos empuja a ir por más, a buscar lo que deseamos y, en suma, a construir cotidianamente la vida que sí podemos amar.

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Epístolas morales a Lucilio, Séneca

También conocidas como Cartas a Lucilio o Epístolas morales, este centenar de misivas (al parecer con un destinatario inexistente), son una especie de testamento de Séneca, pues además de que fueron escritas en los últimos años de vida del filósofo, reúnen prácticamente todos los aspectos de su pensamiento y abordan varias cuestiones de vida: la enfermedad, la pertinencia de ciertas costumbres, el suicidio (un tema familiar para los estoicos), la riqueza, etcétera.

¿Por qué leerlo? La filosofía estoica (y específicamente la de Séneca) le sienta bien a nuestra época: a nosotros que vivimos siempre con prisa, el estoicismo nos enseña la virtud de la espera; a nosotros que aprendimos a querer recompensas inmediatas, el estoicismo nos muestra la demora que requieren los triunfos auténticos; a nosotros que vivimos instalados en la búsqueda permanente de los placeres fugaces, Séneca nos invita a vivir con menos e incluso arduamente.

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Ética, Aristóteles

Dentro de los autores de la filosofía antigua, Aristóteles fue quien mejor sintetizó la idea de “eudaimonía”, que pasó a nosotros bajo los significados varios de “bienestar”, “felicidad” y “plenitud”. Lo más importante, sin embargo, es que el ejercicio de la filosofía era para Aristóteles y otros pensadores un elemento imprescindible en el cultivo y consecución de dicha “plenitud”, tan importante como tener amigos, ejercitarse o alimentarse saludablemente.

¿Por qué leerlo? Como otros aspectos de nuestra realidad, la idea de “felicidad” también parece estar necesitando cierto proceso de liberación y de vuelta a sus fundamentos. En una época en que la felicidad parece venir empaquetada y lista para consumirse, la Ética de Aristóteles puede ofrecernos la alternativa de una vida más auténtica y de una forma de felicidad o plenitud mejor enraizada en prácticamente todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida.

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Obras, Epicuro

De la obra de Epicuro sobrevivieron apenas unos cuantos textos completos, muchos fragmentos y, sobre todo, referencias a su pensamiento en otras obras (marcadamente, el poema De rerum natura, La naturaleza de las cosas, de Lucrecio). Con todo, la originalidad de su propuesta fue tal, que bastó eso para convertirlo en referente de una escuela filosófica que apostó por el placer, el azar y en última instancia la libertad como valores inalienables de la vida.

¿Por qué leerlo? La idea de placer es quizá una de las más problemáticas en nuestra cultura. Prácticamente en toda nuestra historia hemos vivido entre la tensión de quienes buscan censurarlo y quienes buscan satisfacerlo. A nosotros en especial, la postura de Epicuro puede mostrarnos que hay placer más allá del que se nos ofrece o, dicho de otro modo, que cada uno de nosotros tiene la obligación vital de buscar, construir y sostener la forma de placer que nuestra propia existencia nos dicta.

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Discurso del método, René Descartes

Un título archiconocido pero quizá no por ello del todo consultado o leído a cabalidad. Históricamente es la cumbre del racionalismo, pero también es una pieza literaria destacable y uno de los mejores títulos exponentes del género “discurso”.

¿Por qué leerlo? La idea de “duda metódica” es quizá una de las más útiles y a su modo hermosas de cuantas ha dado la filosofía, virtudes ambas que se sostienen en la sencillez de la actitud existencial hacia la que apunta dicha noción: dudar conscientemente, dudar con conocimiento de causa, dudar como método para conocer la realidad, en todos sus niveles. Y aunque decirlo es sencillo, hacerlo es una de las acciones más complicadas del mundo.

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Discurso sobre la servidumbre voluntaria, Étienne de La Boétie

A primera vista, el Discurso de Étienne de La Boétie podría considerarse más un panfleto político que un tratado filosófico en toda regla, y aunque posiblemente sea así, en sus párrafos es posible notar ese afán de liberación que caracteriza a la filosofía auténtica. De La Boétie elabora una reflexión sobre la obediencia con un acercamiento que algo tiene de visceral antes que de racional, pero que igualmente resulta lúcido y, sobre todo, estimulante para nuestros propios cuestionamientos al poder y la autoridad.

¿Por qué leerlo? De manera sencilla y asequible, Étienne de La Boétie siembra en sus lectores ciertas premisas necesarias para poner en entredicho los fundamentos casi siempre ilusorios de la autoridad y las obligaciones que se nos imponen a lo largo de nuestra vida.

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Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche

Quizá la obra más conocida de Nietzsche y, dentro de su bibliografía, su prueba de madurez filosófica. Un texto en donde la narración literaria y el discurso filosófico se mezclan para exponer algunas de las cuestiones fundamentales de la existencia humana: la idea de Dios, el valor de la amistad, la dificultad de pensar distinto ahí donde todos los demás parecen pensar de la misma manera, entre otros.

¿Por qué leerlo? El pesimismo en el que a veces se encasilla a Nietzsche queda aquí desvanecido por la luz vital de su pensamiento. Pero quizá la razón principal para leer Así habló Zaratustra sea encontrar entre sus líneas el ánimo necesario para reflexionar, preguntar, cuestionar y nunca dar por hecho ningún aspecto de la existencia. Por lo demás, Así habló Zaratustra puede ser la mejor puerta de entrada a otras obras afines aunque un tanto más desenfrenadas como Ecce homo o La gaya ciencia.

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El hombre rebelde, Albert Camus

El libro más ambicioso de Camus, en el que vació mucho de su pensamiento existencialista pero sobre todo libertario. Con oscilaciones entre la filosofía, la literatura, la historia y la reflexión personal, el filósofo de origen argelino explora la noción de rebeldía y su posibilidad en las condiciones presentes.

¿Por qué leerlo? ¿Qué idea más necesaria, en todo momento, que la de rebeldía? Tanto para la existencia propia como para la colectiva, mantener encendida una llama rebelde es, de algún modo, preservar la vida misma, apostar por la vitalidad, orientarse hacia la acción que transforma.

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Ensayos, León Tolstói

El único autor no del todo filósofo que incluimos en esta lista y quien, sin embargo, figura por mérito propio. En su obra ensayística, Tolstói desplegó no sólo la lucidez necesaria para exponer y defender sus ideas, sino especialmente la compasión para contagiar a otros de la benevolencia de éstas y la necesidad urgente de aplicarlas en el mundo. En especial recomendamos la lectura de Confesión, El primer peldaño (traducido también como El primer paso) y El Evangelio abreviado.

¿Por qué leerlo? Si bien en sus novelas Tolstói cedió también a su ánimo reflexivo, fue en sus ensayos donde se entregó al pensamiento con notoriedad y sabiduría. La pureza de su espíritu se abocó a la búsqueda de un juicio propio, una suerte de teoría existencial nutrida de otras ideas pero, al mismo tiempo, defendida con el ardor de la subjetividad y la libertad de pensamiento.

 

La dialéctica del amo y el esclavo en Hegel, Alexandre Kojève

Durante seis años, ininterrumpidamente, entre 1933 y 1939 Alexandre Kojève encabezó un seminario cuyo único propósito fue leer detenidamente La fenomenología del espíritu de G. W. F. Hegel. A ese mítico seminario asistieron Jacques Lacan, Maurice Merlau-Ponty, Raymond Queneau, Georges Bataille, Maurice Blanchot y varios más, a la postre influyentes intelectuales de la Francia de la posguerra. Entre otros títulos que se desprendieron del seminario de Kojève, probablemente el más notable sea aquel que rescató su lectura sobre la célebre “dialéctica del amo y el esclavo” de Hegel, uno de los conceptos fundamentales con los que el filósofo alemán explicó el movimiento de la Historia. Grosso modo, Hegel propuso la idea de una lucha constante entre un Amo que mantiene sojuzgado a un Esclavo a partir del miedo que éste tiene a su muerte y, por otro lado, el impulso que eventualmente siente el Esclavo por salir de la dominación del Amo. Kojève leyó este fragmento de la Fenomenología con una doble clave: el marxismo y el existencialismo.

¿Por qué leerlo? Si bien esta lectura puede no ser sencilla, después de cierto esfuerzo es posible encontrar en las tesis de Kojève el entendimiento de que no hay libertad sin trabajo ni sin angustia, y que es impostergable atender el llamado que surge en nuestra existencia para sacudirnos la dominación del Amo y emprender la construcción de nuestro propio mundo.

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El ser humano siempre ha buscado la inmortalidad y la divinidad pero ahora la busca sólo hacia afuera, utilizando un soporte externo que le hace olvidar que todo lo maravilloso que existe en sus aparatos existe en él mismo

Una expresión griega dice: “lo divino es”, lo divino indeterminado. Este hecho existe en la experiencia de todos. No es algo que pertenezca sólo a un momento determinado de la historia. Pertenece al tejido de nuestra vida. La verdadera diferencia estriba en reconocerlo o no.

Roberto Calasso

 

Yuval Noah Harari se ha convertido en uno de los escritores de cabecera de los ejecutivos de Silicon Valley. En su Homo Deus: A Brief History of Tomorrow argumenta que los avances tecnológicos exponenciales, de la mano de la desigualdad que impera a favor de una élite privilegiada, crearán una brecha en la que los señores de este nuevo mundo serán tan diferentes de nosotros como nosotros de los neandertales. Esta nueva especie será el Homo Deus y la relación que surgirá entre la élite aumentada tecnológicamente a niveles indistinguibles de la divinidad y todos los demás será parecida a la actual entre hombres y animales. Todos los que no seamos parte de esta élite seremos como los animales de hoy en día: ganado, mascotas, curiosidades de zoológico y acaso el tema de una conmovedora campaña de conservación entre los Homo Deus (si es que la compasión y la empatía aún tienen tracción entre los miembros de esta especie).

Harari escribe que hemos llegado a un punto en el que podemos dedicarnos a objetivos trascendentales, habiendo superado nuestras necesidades básicas. "Al buscar la dicha y la inmortalidad, los humanos de hecho están intentando elevarse a la condición de dioses". Harari utiliza la palabra "upgrade", como si estuviéramos en un proceso en la cúspide de la historia de actualizar el programa humano e instalar la divinidad por medios tecnológicos. Harari olvida, sin embargo, que desde el principio de la civilización los hombres han querido hacerse dioses y que la sola conciencia ha hecho que, desde que se tiene memoria, la humanidad tenga un deseo de trascendencia que va más allá de lo meramente biológico. Lo que ha cambiado es sólo la percepción de cómo esto es posible en la mentalidad occidental. Deslumbrados por el poder de la tecnología, hoy en día las élites que controlan esta tecnología, y la economía que se basa en ella, se atreven a creer que la inmortalidad y una especie de divinidad mediatizada están ahora sí al alcance. Esto mismo, sin embargo, ha sido parte de otro tipo de grupos, que por mucho tiempo se han movido a los márgenes de la sociedad --se les llama místicos, aquellos que se mueven en el misterio, en el secreto, y que buscan agenciarse la experiencia de lo divino. Evidentemente, para la tecnoélite de nuestra civilización todas las tentativas de místicos, chamanes y demás son meramente balbuceos primitivos o alucinaciones que hoy se pueden explicar por medio de la neurociencia.

Desde el principio de nuestra civilización, en los textos religiosos más antiguos que tenemos, ha sido esencial a la condición humana la búsqueda de elevarse hacia lo divino. En esto consiste el misterioso ritual del Soma:

¡Hemos bebido el soma y somos ya inmortales!

Hemos logrado la luz, hemos hallado a los dioses. 

Rig Veda

Occidente tiende a desacreditar todo conocimiento que no sea parte del progreso del materialismo científico. Para los científicos de hoy, con sus sofisticados y multimillonarios aceleradores de partículas, es ridículo pensar que hombres semidesnudos hubieran podido conocer los secretos del universo hace miles de años simplemente mirando hacia el interior, utilizando el telescopio de la mente (lo que en la India se conoce como samadhi). Sin embargo, la ciencia moderna comparte con la religión antigua un impulso místico y espiritual hacia el conocimiento: la mayoría de los grandes científicos han estado inspirados en ideas religiosas: Copérnico, Galileo, Newton, Lemaitre, etc., todos vieron en las leyes del cosmos ecos del pensamiento divino. Inclusive la tecnología moderna, desde el Internet hasta la inteligencia artificial, tiene una inspiración en ideas místicas o mesiánicas, como ha demostrado David F. Noble en su libro La religión de la tecnología y como puede claramente constatarse revisando las ideas de Ray Kurzweil, el principal exponente del transhumanismo. "La esperanza de la salvación final a través de la tecnología, sin importar los costos humanos y sociales inmediatos, se ha vuelto la ortodoxia tácita, reforzada por un entusiasmo masivo por lo novedoso estratégicamente inducido por el marketing y avalado por un anhelo milenarista por nuevos comienzos", escribe Noble.

La modernidad ha interpretado a Prometeo como un héroe y ha considerado que la divinización del ser humano o su liberación de la esclavitud de las leyes de la naturaleza deberá ocurrir --como ocurre en cierta interpretación del mito de Prometeo-- a través de la tecnología. Es como si en nuestra fundación estuviera la tecnología ("mitos" modernos como la película 2001: Odisea en el espacio refrendan esta creencia). Sin embargo, hay otro mito que podría ser relevante considerar. En el mito de Dionisio Zagreo, según la visión órfica, éste niño divino es devorado por los titanes, lo cual despierta la furia de Zeus (el padre de Dionisio), quien los calcina con un rayo. Es a través de la mezcla de las cenizas de los titanes y de Dionisio que se crea la humanidad, de aquí se deriva la doctrina de la chispa divina que existe en el ser humano.

El anterior mito, el cual coincide con numerosas otras culturas, sugiere que el ser humano no se tiene que divinizar realizando una hazaña o construyendo un artificio, sino que es de hecho ya divino y sólo debe reconocer su propia naturaleza. Es de este origen divino que tiene potestad sobre la naturaleza y que puede crear e imbuir a sus creaciones de una cierta fuerza divina. En este sentido nuestra capacidad de crear "tecnología indistinguible de la magia", parafraseando a Arthur C. Clarke, es sólo una muestra de nuestra propia divinidad. La precognición del big data, la telepatía de la telefonía celular, la visión remota del Hubble, serían parte de nuestra propia naturaleza inexplorada. Hemos considerado el espacio como la última frontera sin haber antes conquistado la frontera de nuestra propia mente.

En 1918 Oswald Spengler escribió en La decadencia de Occidente:

Las máquinas toman formas cada vez menos humanas, más místicas, ascéticas, esotéricas. Envuelven el mundo con una red infinita de fuerzas sutiles, corrientes, tensiones. Sus cuerpos se vuelven cada vez más inmateriales, y cada vez menos ruidosos. Las ruedas, rodillos y palancas ya no son vocales. Todo lo que importa se retira hacia el interior. El hombre ha sentido que la máquina es diabólica, y con razón. Significa en los ojos del creyente la destitución de Dios. Entrega la causalidad divina hacia el hombre y por él, con una suerte de presagio omnisciente, se pone en marcha silenciosa e irresistible.

Spengler veía en la modernidad mecánica una pérdida del alma que animaba a la cultura: "Rige el cerebro, porque el alma se ha despedido". Es de notar la preciencia de Spengler al notar la tendencia de interiorización de la tecnología, esto tanto en su aspecto físico como funcional: al final lo que se busca replicar, la metatecnología, es la mente. Curiosamente, Marshall McLuhan, el teórico de medios más importante de la segunda mitad del siglo XX, también vio en la tecnología una usurpación diabólica:

Los ambientes de información eléctrica siendo totalmente etéreos fomentan la ilusión del mundo como una sustancia espiritual. Es ya un facsímil del cuerpo místico [de Cristo], una manifestación descollante del Anticristo. Después de todo el Príncipe de este mundo es un gran ingeniero eléctrico.

Tenemos aquí la noción no de la tecnología como una forma de obtener una divinidad ausente, sino como la forma de simular y suplantar una divinidad inherente o latente. Lo anterior no significa que la tecnología es diabólica, sino justamente que es diabólica o divina (que puede ser cualquier cosa que en ella proyectemos) porque es una representación in extenso de la conciencia humana y de la misma naturaleza que es "un símbolo del espíritu" (según Emerson). No es otra cosa que lo que ya existe en el ser humano, la mente desdoblada de manera que por momentos parece tener una existencia autónoma, hasta el punto de conjurar una inteligencia artificial, superior a la nuestra. Dice Borges: "El mayor hechicero (escribe memorablemente Novalis) sería el que el que se embrujara él mismo al punto de tomar sus propias fantasmagorías por apariciones autónomas. ¿No sería esta la verdad de nosotros? Yo conjeturo que así es".

Es mi tesis que el poder de la tecnología que hoy se antoja digno de una deidad, no es más que la transferencia del poder divino de la mente humana hacia una máquina. El hecho de que recurramos a la tecnología para manifestar nuestros deseos más profundos es sólo un síntoma de nuestra creencia ilusoria en la solidez del mundo, de nuestra fe ciega en la materia, esto es, la creencia de que vivimos en un mundo de objetos sólidos, separados, estables e independientes de nuestra mente. La física cuántica, a partir de la interpretación de Niels Bohr, ha demostrado que no existen fenómenos objetivos u objetos clásicos independientes de nuestra observación, incluso que no existe realmente eso que llamamos "cosas". El hecho de que hayamos logrado transformar radicalmente la naturaleza utilizando una serie de aparatos y herramientas, que son en realidad extensiones de nuestras propias facultades, más que una prueba de la valía de la ciencia materialista es muestra del propio poder de nuestra mente, del poder de la mente sobre la materia. El peligro de esta divinización de la máquina --basada en nuestra fe fetichista en el objeto y en lo objetivo-- es fundamentalmente una pérdida de fe en nuestro propio potencial humano, un desplazamiento de lo subjetivo hacia lo objetivo en el cual la conciencia humana crea un límite para sí misma y toda una panoplia de objetos que son sólo su propia fantasmagoría. Al apostar al objeto, a lo externo, a lo físico, abandonamos nuestra propia capacidad de manifestar lo divino como realidad cotidiana. Por usar un parangón tecnológico del potencial humano inherente, así glosa Leon Marvell las ideas de Leibniz en su libro The Physics of Transfigured Light:

Para Leibniz las mentes son almas racionales en virtud del hecho de que no sólo se asemejan a la deidad (son "pequeños dioses") sino que participan en lo divino a través de la presencia de la "luz resplandeciente" interna --una especie de transistor hipercelestial. Una figura contemporánea equivalente bien podría ser que los seres humanos tienen en su interior un aparato de comunicación luciforme que les permite una traducción instantánea entre la inteligencia divina (nous) y la inteligencia terrestre (mens). Mi descripción de este aparato como siendo "luciforme" no es metafórico-- el mismo Leinbiz lo invoca en la noción de un "cuerpo astral [luciforme]" en sus Nuevos ensayos, notando que es una pena que esta noción haya sido rechazada de manera tan poco crítica por sus contemporáneos...

Henri Bergson, en lo que parece haber sido un intento de conciliar la teoría de Darwin con la teología pero que hoy en día puede verse como un antecedente del transhumanismo, escribió que el ser humano tiene "la responsabilidad, entonces, de decidir si sólo quiere vivir, o intentar hacer el esfuerzo extra requerido para cumplir,  incluso en este planeta refractario, la función esencial del universo, que es una máquina para crear dioses" (Las dos fuentes de la moral y de la religión). Esta visión encaja perfectamente con el lenguaje progresista y milenarista del transhumanismo actual, y por lo demás es un reflejo de la visión mecánica del universo que rige aún la física (puesto que la física moderna sigue dominada por la física clásica en tanto que la física cuántica no ha sido asimilada como visión del mundo). Existe, sin embargo, otra visión y es aquella que sugiere que el universo no es una máquina de hacer dioses --cuya punta de lanza sería el ser humano-- sino que es la expresión de una divinidad autosuficiente, perfecta en sí misma, sin ninguna necesidad. Esta visión se articula en un lenguaje distinto; no se habla construir o de evolucionar sino de descubrir y reconocer. El tiempo no se percibe como una carrera o una competencia, sino como una ilusión o un juego. La diferencia es importante porque la primera nos vuelca hacia afuera, en una impetuosa conquista y explotación de la naturaleza y la otra nos hace voltear hacia adentro, a contemplar nuestra naturaleza primordial.

 

Twitter del autor: @alepholo