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La erudición persiste aun en nuestra época de gran ignorancia, y estos 3 personajes lo demuestran

En Occidente, la idea de erudición casi siempre ha apuntado hacia cierta acumulación de conocimiento que, incluso, puede tener cierto matiz de inutilidad. Así, por ejemplo, el Doctor Fausto, que en la versión de Goethe se nos presenta quejándose del tiempo consagrado al estudio pero en cierta forma desperdiciado para explorar otros ámbitos de la vida. El “conocimiento”, en este caso, parece más bien una materia hueca e inerte.

Esta, sin embargo, es una impresión equivocada. ¿Si no por qué no se han extinguido los eruditos, aun en nuestra época que tanto tiende hacia la ignorancia?

Si bien es cierto que no abundan, incluso ahora es posible encontrar ciertas personas que han dedicado su vida a saber, que han encontrado en el deseo de conocimiento el propósito de su existencia.

En nuestra época hay al menos tres grandes intelectuales que mantienen viva esa tradición: Harold Bloom, George Steiner y Roberto Calasso, todos autores de obras admirables pero, especialmente, los tres dedicados al cultivo de la cultura aunque desde lugares muy singulares.

Compartimos ahora una breve semblanza de ellos y, al final de cada una, una lista de títulos que pueden acercar al lector a sus obras –para que, como Sócrates cuando en El banquete se sienta al lado de Agatón, nosotros como lectores también podamos esperar que algo de la sabiduría de aquéllos se transmita por “ponernos en contacto unos con otros".

 

Harold Bloom: la erudición que clasifica

Harold Bloom (Nueva York, 1930) es probablemente el crítico literario más importante de nuestra época. Quizá no el más influyente, pero sin duda uno de los más conocidos. Su forma de ejercer la crítica guarda cierta semejanza con la del legendario Edmund Wilson, no tanto por el estilo sino más bien por el lugar simbólico que intenta ocupar. ¿Cuál en específico? El del crítico que, con cierto espíritu flamígero, ordena, clasifica y quiebra la mies para separar el trigo de la cizaña.

Desde esta posición, Bloom ha dado a la imprenta libros que pretenden fijar una idea específica de literatura, exclusiva de origen y en torno a la cual el crítico pretende alinear aquello que, de lo escrito, vale la pena considerar literario. En ese sentido, El canon occidental es probablemente una de sus obras más polémicas, pues aunque erudita, no por ello es menos severa al momento de establecer qué obras de la literatura “merecen” formar parte de dicho corpus.

Bloom puede proceder de esta forma porque prácticamente toda su vida ha sido un gran lector, superlativo que en este caso podríamos entender más desde la cantidad que desde la calidad. Bloom, según se deja ver en sus libros, ha leído mucho, pero eso no quiere decir que todo lo ha leído de la mejor manera, o dicho con otras palabras, con sensibilidad, que su lectura esté hecha desde el amor por la literatura, la apertura a otras voces o con una escucha atenta a la palabra del texto. De hecho, en varios de sus libros el crítico ha expresado su desdén por teorías como las de Roland Barthes o Michel Foucault que, en su época, preconizaban la lectura atenta, la atención al texto como única forma de explorar los estratos de su mensaje.

Con todo, alguien que ha leído tanto, algo tendrá qué decir. No porque “pontifique” (como llegó a decir Enrique Vila-Matas en alguna ocasión, hablando de Bloom), los textos del crítico son desdeñables. De hecho, algunos de ellos son una buena compañía de lectura mientras se explora a otros autores. Shakespeare, sin duda, de quien Bloom es uno de los lectores más informados y también un intérprete sutil (él mismo, en su monumental Shakespeare: la invención de lo humano, se define como uno “bardólatra”). Para la poesía en lengua inglesa también ha demostrado ser un buen crítico, en particular la del período romántico, e igualmente para establecer ciertas conexiones entre poetas y otras expresiones de la cultura literaria y artística de determinadas épocas.

¿Qué leer?

La angustia de las influencias (1973)

El canon occidental (1994)

Shakespeare: la invención de lo humano (1998)

 

George Steiner: la erudición que custodia

En alguno de sus ensayos Jorge Luis Borges dice, acaso citando a alguien más, que si todos los libros del mundo fueran destruidos pero quedara un ejemplar de las obras completas de Thomas de Quincey, tan sólo con éstas sería posible reconstruir toda la historia cultural de la humanidad.

Un elogio muy parecido podría hacerse a George Steiner (París, 1929), un intelectual cuya erudición está alimentada por el fuego del amor a la cultura y que por esto mismo ha trabajado incansablemente para preservar sus expresiones más refinadas.

Por su formación (inusual en nuestros tiempos), Steiner es un hombre que se mueve con soltura por distintas tradiciones culturales, de la antigüedad clásica a las vanguardias europeas del siglo XX.

La suya, sin embargo, no es una exposición inerte. Los cuadros que pinta no son como esos bodegones del barroco español que llevaron hasta el límite de la representación la idea de “naturaleza muerta”. Tampoco es como esos bibliófilos que atesoran libros que no leen ni conocen más allá de si tal tomo es o no una primera edición, o si en sus primeras páginas lleva estampada la dedicatoria de un escritor célebre.

Todo lo contrario. Los ensayos de Steiner son siempre piezas vivas de conocimiento e inspiración. Steiner emprende junto con su lector paseos que, sutilmente, tienen el propósito de contagiar ese enamoramiento fervoroso que siente por la literatura, la música, las artes plásticas, el lenguaje, la arquitectura y en general todo aquello que dota a la vida de un sentido estético. Esa, de hecho, podría decirse que es la misión fundamental que Steiner se ha impuesto: hacerle ver al mundo, a sus lectores, a todas las personas que pueden llegar a tener un texto suyo entre las manos, que la vida también tiene un cariz estético, el cual muchos otros antes que nosotros se han encargado de alimentar, a lo largo de muchos siglos, y que esa es tanto una tradición como una postura ante la existencia –apreciar la belleza artística de la vida– que sería una pena dejar perder.

¿Qué leer?

¿Tolstói o Dostoyevski? (1960)

Lenguaje y silencio: ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano (1967)

Diez razones (posibles) para la tristeza del pensamiento (2005)

 

Roberto Calasso: la erudición que sabe

Para muchos de nosotros, ahora, los “mitos” no son más que historias que podemos encontrar en los libros, en alguna serie televisiva o en un amigo o un maestro que nos habla de ellos. No difieren mucho de otro tipo de narraciones que alguien más nos puede contar, como la historia de la batalla de Waterloo o la historia de cómo un amigo perdió el autobús por estar distraído en su teléfono portátil.

En otra época, sin embargo, los mitos (es decir, las historias) eran dispositivos de conocimiento o, mejor dicho, de verdad: entregaban a quienes los escuchaban una verdad que no podía ser dicha de otro modo y que, en cierta forma, tampoco estaba explícitamente ahí, sino que se trataba más bien de una especie de semilla que quedaba sembrada en la pisque de quien escuchaba la historia. El mito de Orfeo y Eurídice, o el de Apolo y Dafne, el de Zeus y Europa o el de Pasífae y el toro de Creta no son, como creeríamos, historias de amor, de infatuación o salvajismo, sino otra cosa, siempre otra cosa. Y quizá por ello, a pesar del paso del tiempo, los mitos persisten.

En cierta forma, Roberto Calasso (Florencia, 1941) es el único lector de nuestro tiempo abocado a mantener vivos los mitos. Contrario a lo que a veces se ha dicho de él, Calasso no es un mitógrafo (a la manera de Joseph Campbell o Robert Graves), tampoco un estudioso de los mitos o las religiones antiguas (como lo fueron Claude Lévi-Strauss o Mircea Eliade, por ejemplo), sino es más como uno de esos sacerdotes de los misterios iniciáticos a quienes se les transmitía cierto saber y quienes a su vez, llegado el momento, debían comunicarlo a otros.

Calasso, en cierto momento, se dio cuenta de que esas verdades ya no estaban en la boca de alguien más, sino en las páginas de ciertos libros, deambulando como entidades olvidadas por la mayoría pero conservadas por unos cuantos. En La literatura y los dioses (una serie de conferencias que pronunció en la Universidad de Oxford), el también editor de Adelphi sugiere que a partir de cierta época, los dioses migraron a los libros, como si sólo en estos objetos todas esas potencias hubieran encontrado el vehículo más apto para ejercer su capacidad de posesión, revelación y, en última instancia, conocimiento del mundo.

La erudición de Calasso, en este sentido, es quizá la más extraordinaria de todas, en el sentido más elemental de este adjetivo: se trata de una erudición fuera de lo habitual. Calasso no es propiamente un erudito aun cuando todos sus libros estén poblados de referencias a otros miles libros. Hasta cierto punto, él es como el Sócrates que se nos presenta al final del Fedro, aquel que ha expuesto las distintas formas de posesión que existen y que al final, por la plegaria que ofrece, se decanta por “la locura que viene de las ninfas” como un vehículo de conocimiento.

Calasso es un hombre tomado por el conocimiento, un poseso que sirve de mediación entre este mundo y el mundo de los dioses que viven entre los libros.

¿Qué leer?

Roberto Calasso ha escrito una buena parte de su obra como parte de un proyecto amplio y articulado en torno a una única idea: el sacrificio. En este sentido, sus libros más importantes tienen una suerte de progresión o secuencia tanto cronológica como expositiva. Son, por así decirlo, como los capítulos de una obra mayor y en cierta forma monumental, como los trabajos de Hércules. Este proyecto comenzó con La ruina de Kasch (1983) y siguió hacia Las bodas de Cadmo y Harmonía (1993; su libro sobre mitología griega), Ka (1996; sobre mitología de la India); K. (2002; sobre Kafka, y quizá su obra más asequible); El rosa Tiepolo (2006); La folie Baudelaire (2008); El ardor (2010) y, el más reciente, Il Cacciatore Celeste (2016; aún no traducido). Leer sus obras de esta manera da al lector una experiencia de saber única (en cierta forma, como sucedía con los mitos de antaño), pero, claro, cualquiera puede proceder según el dictado de su voluntad.

Otros títulos que pueden leerse como introducción a la obra y el estilo de Calasso son:

Los cuarenta y nueve escalones (1991)

La literatura y los dioses (2001)

La locura que viene de las ninfas (2005)

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

Del mismo autor en Pijama Surf: El tiempo sin tiempo: una reflexión, a la luz de Baudelaire, sobre la eternidad consumista en que vivimos

El libro más antiguo del mundo: el Sutra del Diamante

Libros

Por: Kin Navarro - 05/03/2017

La fascinante historia detrás del texto impreso más viejo que conozca la humanidad

En 1900 un monje hizo un descubrimiento fenomenal en un puesto fronterizo colocado cerca de la antigua ruta de la seda en Dunhuang, China, a orillas del desierto de Gobi. Una serie de cuevas escarbadas a lo largo de un risco y selladas desde el año 1,000, a la que llamarían “la cueva de los mil Buddhas”, resguardaba 40 mil libros, rollos y manuscritos. De esta manera, envueltos en papel y seda, se protegieron perfectamente en tiempos de guerra y pudieron ser preservados para el futuro.

En 1907, el arqueólogo húngaro-británico Marc Aurel Stein se encontraba en medio de una expedición en la región; luego de escuchar algunos rumores sobre la biblioteca oculta decidió ir a probar suerte y descubrir por sí mismo el lugar. Después de sobornar al abad del grupo monástico encargado de resguardar el sitio, robó miles de documentos, incluyendo el “Sutra del Diamante”.

Un 11 de mayo (de acuerdo con nuestro calendario) del año 868 a. C., un hombre llamado Wang Jie encargó la impresión de una traducción del sánscrito al chino de un texto budista sagrado a lo largo de un pergamino. El rollo está impreso en siete secciones con un boque por cada una, luego fueron unidas hasta completar una longitud de 5m.

En una de las esquinas del documento se lee leyenda: “Hecho reverencialmente para distribución gratuita universal por Wang Jie en representación de sus dos padres”. Según la tradición budista, se sabe que copiar y diseminar la palabra del Buddha era una forma inmejorable de ganar consideración dentro de la cultura china. Esta es una de las razones por las que la impresión evolucionó rápidamente en China.

Sutra es el nombre en sánscrito para “enseñanza o sabiduría religiosa” y suele ser la palabra empleada para referirse a una enseñanza del Buddha. Se dice que él mismo le dio el nombre a esta enseñanza porque “cortaría como un diamante a través de las ilusiones hechas de palabras e iluminaría lo que es real y permanente”.

El libro pertenece a la tradición del budismo mahayana que, a diferencia de otras escuelas, cree que cualquiera puede alcanzar la iluminación, viva o no una vida monástica. Esta corriente se diseminó desde la India hacia China a través de la ruta de la seda.

Este texto, de tan sólo 6 mil palabras es el libro impreso más antiguo del que se tenga conocimiento. Hoy este antiguo escrito se encuentra resguardado en la British Library y forma parte del impresionante Proyecto Dunhuang. Puedes consultarlo en línea aquí.

Aquí un extracto famoso, traducido del chino al inglés por Bill Porter:

 

Así, puedes ver la fugacidad del mundo

una estrella al amanecer, una burbuja en un riachuelo

un destello luminoso sobre una nube de verano,

linterna que parpadea, un fantasma, un sueño.