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Pese al culto a la felicidad, la ciencia muestra que la tristeza nos beneficia

AlterCultura

Por: pijamasurf - 05/15/2017

En un mundo que huye de la tristeza y gasta millones buscando la felicidad, es necesario recordar que estar triste es un estado muy rico, tanto en sensaciones como en aprendizaje e inteligencia

El mundo moderno parece exigirnos que seamos felices. La felicidad se ha convertido en una gran industria en un doble sentido. Por una parte se nos dice que nuestro éxito en diferentes ámbitos depende de que seamos felices, de que estemos en un estado de ánimo positivo para que podamos producir en el trabajo y ser agradables y así las personas nos quieran --se nos ha dicho que las personas tristes, melancólicas o negativas no suelen tener éxito social ni laboral (la depresión es el principal causante de faltas al trabajo en el mundo). A la par la publicidad, los medios masivos y la misma sociedad nos hacen sentir inadecuados si no somos felices, si no cumplimos con la imagen del póster de la felicidad.Y es que en ese estado de vulnerabilidad, en ese sentimiento más o menos perenne de ser inadecuados o insuficientes para cumplir este estándar (que es una fantasía) somos el consumidor perfecto, presa fácil de los productos y experiencias que nos prometen transformarnos externa o internamente para ahora sí poder acceder a la felicidad, que al negársenos nos niega la participación en la fiesta de la existencia y nos quita el sentido de nuestra vida... productos y experiencias que van del último iPhone o el viaje de ayahuasca hasta el cuerpo perfecto y la novia o novio ideal. Y así surgen la lista innumerable de remedios: la terapia, la espiritualidad, el desarrollo personal, la misma ciencia e innumerables actividades más que se difunden con un discurso que promete hacernos felices --si tan sólo vamos a ese curso o aplicamos sus últimos descubrimientos. Todo esto es parte del culto a la felicidad.

Por supuesto, ser feliz, gozar, evitar el sufrimiento, es algo que todos los seres humanos desean. Esto hace que sea tan fértil esta industria. Pero, paradójicamente, la misma búsqueda de la felicidad es uno de los principales factores que contribuyen a la infelicidad de nuestra sociedad (las estadísticas muestran que la felicidad no ha aumentado en las últimas décadas, pese a toda la maquinaria del progreso). Esto puede ser un tanto confuso: si aceptamos que el ser humano quiere ser feliz, entonces, ¿no es lógico pensar que debería buscar la felicidad? El problema yace en que el ser humano es un ser complejo, tanto en sus estados emocionales como en las influencias y relaciones con las que convive. La imagen de la felicidad que se ha difundido y los mecanismos que se han promovido para encontrarla postulan una visión irreal de la felicidad. Fundamentalmente, se ha creado un reduccionismo en el cual la tristeza y el dolor son opuestos radicales a la felicidad y deben ser evitados a toda costa. Evitar la tristeza y huir del dolor, sin embargo, no es algo que conduzca a la felicidad, ciertamente no a la felicidad duradera.

La versión de la felicidad que promueve nuestra cultura es una felicidad mayormente hedonista y superficial que proviene de satisfacer nuestros deseos materiales y de básicamente poder hacer lo que queramos. Es la versión del ser humano que conquista el mundo externo, del rey, estrella de cine, superhéroe o CEO. Ante esta felicidad, filósofos como Aristóteles y más recientemente el maestro budista Alan Wallace han planteado la alternativa de una felicidad sostenible, que no depende de estímulos y posesiones, llamada eudaimonía, la cual podríamos decir que es el estado de integración de la psique con una vida llena de significado que se interesa por y abarca la variedad de la existencia, placer y dolor, vida y muerte. Una felicidad sostenible, una vida con significado no sólo no rechaza la tristeza y las emociones negativas sino que las abraza y la estudia, sabiendo que además de ser inevitables en un mundo cambiante, contienen profundas enseñanzas. Son los síntomas que revelan parte de la condición humana que yace oculta por las apariencias y el querer ajustarse a los paradigmas dominantes. Síntomas que no deben ser suprimidos sin antes ser sentidos y analizados. El descontento con la existencia puede llegar a ser el inicio de la motivación más grande, no para encontrar la felicidad, sino para establecer una vida significativa que trascienda las contingencias y los vaivenes del placer y el dolor.

Un estudio científico reciente sugiere que la tristeza o los estados de ánimo negativos, cuando no son crónicos, tienen funciones adaptativas que nos permiten aprender y resolver situaciones difíciles. Asimismo, los estados de tristeza mandan señales a los demás de que no queremos competir, lo cual puede brindar cierta protección y hacer que otras personas nos ayuden. De otra forma podríamos decir que la tristeza dice a los demás que estamos en un estado vulnerable, lo cual puede producir relaciones más íntimas, menos basadas en pretender que todo está bien siempre.  

Se ha descubierto también que la tristeza en ocasiones favorece la sensibilidad estética y moral. Esto evidentemente ocurre cuando la tristeza no se convierte en un estado de indolencia y depresión profunda; al contrario, el hecho de sentir el dolor, el descontento y demás es un acto que tiene mucha vitalidad. Muchos artistas lo son justamente porque no niegan este aspecto de la vida. Negarlo es como sólo vivir de día y no disfrutar de todo lo que tiene la noche.

En algunos estudios basados en estados de ánimo de tristeza moderada se notó que las personas tristes exhibieron mejor comunicación, memoria y capacidad de hacer juicios.

Hemos dicho que la ciencia muestra que la tristeza tiene algunos beneficios, y en nuestra sociedad la ciencia tiene una especie de aura mágica de verdad. Sin embargo, hay que decir que es sobre todo el arte el que ha mostrado largamente que la tristeza nos beneficia, esto es, beneficia a nuestra alma, algo que la ciencia no considera. El alma, ha dicho el psicólogo James Hillman, se desarrolla echando raíces y viajando al inframundo, no creciendo hacia el Sol solamente o volando ligero como una mariposa. El alma es flor y mariposa, pero también pantano y cueva. 

 

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Científico sugiere que existe una conexión telepática entre las madres y sus bebés

AlterCultura

Por: pijamasurf - 05/15/2017

El biólogo Rupert Sheldrake investiga la conexión a distancia entre madres y bebés durante la lactancia

Rupert Sheldrake es uno de los científicos más controversiales (y quizás geniales) de nuestra época. Sus libros han sido denunciados por la revista Nature como dignos de ser quemados y sus airadas discusiones con el científico ateo Richard Dawkins han levantado gran revuelo en la web. Shelrdake investiga temas que para la ciencia materialista moderna son herejía --entre ellos, la telepatía-- y esto le ha ganado el anatema de la comunidad científica. A este respecto, habría que recordar una frase del científico mexicano Jacobo Grinberg, "la ciencia está en su método, no en su objeto", que se refiere a que lo importante de la ciencia es que se haga con un método riguroso y no el tema u objeto que se estudie.

Sheldrake ha realizado numerosos experimentos que parecen comprobar que la telepatía ocurre entre los animales de manera natural, como parte de la misma evolución. El biólogo ha hecho experimentos de telepatía entre humanos y sus mascotas, telepatía telefónica, el efecto telepático de sentir que uno es observado, y ha investigado también la posibilidad de que exista un efecto telepático entre las madres y sus bebés durante la lactancia. En este último caso la evidencia no es concluyente, pero Sheldrake considera que hay indicios de que esto ocurre. 

La hipótesis de la relación telepática entre una madre y su bebé se basa en el reflejo de eyección o reflejo de bajada (let-down reflex), el cual es mediado por la oxitocina (la llamada hormona del amor) que se produce en la glándula pituitaria. Cuando este efecto tiene lugar, las mujeres experimentan un breve cosquilleo en los pechos y la leche empieza a salir. El reflejo es detonado usualmente por la estimulación de los pezones que hace el bebé, por su llanto o incluso a veces por pensar en el bebé.

En la literatura médica, se tienen reportes de madres que sostienen que cuando están lejos de su bebé pueden saber cuando éste las necesita porque se produce el reflejo de bajada. En un ejemplo, una madre pudo constatar esto al tener el hábito de hablar a casa en el momento que ocurría el reflejo, instante que coincidía con el despertar de su bebé, que estaba siendo cuidado por una nana (babysitter). Otra mujer de Blackburn, Lancashire, sostiene que esto le ha pasado con cada uno de sus seis hijos, a los cuales ha amamantado. 

Sheldrake diseñó un sondeo con un grupo de mujeres de un centro de yoga en Inglaterra. Se le preguntó a un grupo de 62 mujeres si habían notado una relación entre el reflejo de bajada y el hecho de que su bebé las necesitaba o que estaba en un estado de perturbación (según la persona que lo estaba cuidando en lugar de ellas). 27 dijeron que no sabían, 19 que no y 16 que sí. Lo interesante de esto es que de las 16 que dijeron que sí, 15 habían alimentado a su bebé por más de 6 meses, lo que les daba la oportunidad de tener momentos para alejarse de él y notar esta relación. De las 19 que dijeron que no, sólo nueve habían amamantado a sus bebés durante más de 6 meses. Esto podría parecer poco relevante; sin embargo, existe una diferencia estadísticamente significativa (chi-squared 8.67; p<0.005.). Sheldrake ha notado también que las mujeres que han tenido más hijos, y por lo tanto más oportunidades de notar esta coincidencia, suelen reportar mayor incidencia de este fenómeno. 

Sheldrake planea realizar estudios más concluyentes que este sondeo, el cual es apenas un primer esbozo de un fenómeno que muchas personas sostienen como algo real que experimentan cotidianamente. ¿Se trata de una mera proyección del amor de la madre que se imagina estrechamente conectada a su bebé, o realmente es la más íntima conexión biológica a distancia?

Puedes participar en experimentos telepáticos en el sitio de Sheldrake.org.