*

X

Este es el criterio indiscutible para distinguir los buenos libros de los malos libros (según Virginia Woolf)

Libros

Por: pijamasurf - 09/29/2017

Con sensibilidad y sabiduría, Woolf nos invitar a experimentar la lectura como un estímulo para nuestra vida

Establecer la diferencia entre “buenos” libros y “malos” libros será siempre polémico, en buena medida porque dichos adjetivos son tan generales que tienden a la ambigüedad y, por otro lado, porque es difícil desprender de ellos la carga moral con la que usualmente se asocian.

En efecto, al hablar de cosas buenas y cosas malas casi de inmediato pensamos que se trata de una cualidad esencial de aquello que calificamos y que, además, lo bueno parece ser por sí mismo recomendable y lo malo deleznable.

De ahí la reticencia que muchas personas experimentan frente a una clasificación de este tipo, sea porque “bueno” y “malo” son palabras pobres para condensar una opinión o porque pretenden expresar un juicio personal y, por ello, limitado e incluso cuestionable.

Aun así, no menos cierto es que con todas las críticas que pueda recibir la división elemental entre bueno y malo, ésta ya es un inicio, un punto de partida o de referencia que, como en los mapas y en la geografía, nos permite navegar por los mares usualmente confusos y revueltos de lo humano. Por ejemplo, los libros.

En un apunte fechado en 1924, Virginia Woolf se preguntó qué hace “buena” o “mala” a una novela. Su respuesta, contrario a lo que podríamos suponer, es más bien sencilla y directa, no sólo por la forma en que está enunciada sino, sobre todo, por el criterio al cual apela para hacer tan difícil distinción. Veamos:

Una buena novela es cualquier novela que le hace a uno pensar o sentir. Tiene que meter el cuchillo entre junturas del cuero con el que la mayoría de nosotros estamos recubiertos. Tiene que ponernos quizás incómodos y ciertamente alerta. El sentimiento que nos produce no tiene que ser puramente dramático y por lo tanto propenso a desaparecer en cuanto sabemos cómo termina la historia. Tiene que ser un sentimiento duradero, sobre asuntos que nos importan de una forma u otra. Una buena novela no necesita tener trama; no necesita tener final feliz; no necesita tratar sobre gente simpática o respetable; no necesita ser lo más mínimo como la vida tal como la conocemos. Pero tiene que representar alguna convicción por parte del escritor. Tiene que estar escrita de modo que transmita la idea del escritor, ya sea simple o compleja, tan fielmente como sea posible. No tiene que repetir aquello que es falso o trillado simplemente porque al público le resulta fácil mascullar una y otra vez sobre lo falso y lo trillado.

Todo esto se refiere a las novelas escritas en el pasado. Es imposible estar seguro de cuáles serán las características de una buena novela en el futuro. Las novelas contemporáneas nos sorprenden a menudo por ser muy distintas de aquello que hemos aprendido a admirar y crean una belleza que, al ser tan distinta de la antigua, resulta mucho más difícil de apreciar. Pero lo contrario también es cierto; algunas de las mejores novelas también se han hecho inmediatamente populares y del todo fáciles de entender. El único método seguro de decidir si una novela es buena o mala es simplemente observar nuestras propias sensaciones al llegar a la última página. Si nos sentimos vivos, frescos y llenos de ideas, entonces es buena; si quedamos hartos, indiferentes y con poca vitalidad, entonces es mala. Pero estar seguro de lo buena que es una novela y el tipo de virtud que tiene resulta extremadamente difícil. El mejor método es leer lo antiguo y lo nuevo uno al lado del otro, compararlos y así desarrollar poco a poco un criterio propio.

En pocas palabras, Woolf nos invita a experimentar la lectura también como una forma de autoconocimiento. Más allá de los criterios culturales, de los cambios que la marcha de la historia trae consigo, de la tradición o de otros elementos que pueden tomarse en cuenta, la valoración última corresponde al propio lector. 

Todo aquello que nutre nuestra vida, todo aquello que nos da más vida, es “bueno” en un sentido muy amplio, y los libros no son la excepción.

 

También en Pijama Surf: El contundente argumento de Franz Kafka para reconocer los libros que vale la pena leer

El origen “histérico” del psicoanálisis en una novela gráfica (IMÁGENES)

Libros

Por: pijamasurf - 09/29/2017

Sin la histeria, el psicoanálisis nunca hubiera aparecido en la historia de la mente humana

Cuando se mira sin prejuicios, la historia del psicoanálisis es admirable. No ha sido común en el desarrollo del conocimiento humano que una sola persona sea capaz de erigir casi sólo por sí misma toda una disciplina, utilizando poco más que su perspicacia y su inteligencia. Tal fue el caso de Sigmund Freud, quien en cierto momento de su formación intelectual se dio cuenta de la necesidad que había para la psique humana de su época de expresarse de otro modo.

Quizá no muchos sepan que, en sus inicios, Freud entró en relación con los acercamientos clínicos a la mente humana, la psiquiatría, que entonces estaba abocada en tratar los padecimientos mentales como padecimientos fisiológicos y en algunos casos anatómicos, como desviaciones o defectos que podían enmendarse. Así, por ejemplo, la frenología, que a partir de la medición del cráneo aseguraba poder “predecir” el comportamiento de una persona: si alguien era criminal o genio, tonto o inteligente. 

En el caso de Freud, sus trabajos iniciales con la psique ocurrieron al lado de Jean-Martin Charcot, quizá el médico más afamado de su tiempo, él mismo uno de los pioneros de la neurología moderna y que cobró reconocimiento por sus estudios sobre la histeria. En este tiempo, era sobre todo en mujeres en quienes recaía el diagnóstico de histeria, y la “cura” prescrita consistía casi siempre en choques eléctricos, baños de agua e inducción erótica con mecanismos singulares. En todos estos casos, el objetivo primordial era inducir orgasmos en las mujeres, pues vagamente se intuía una relación entre la histeria, los síntomas psicosomáticos (parálisis parciales, pérdida de la voz, etc.) y el ejercicio de la sexualidad.

Durante su tiempo con Charcot, Freud se dio cuenta cabalmente de dicho nexo. La mente, en efecto, es capaz de enfermar al cuerpo, pero casi siempre porque los impulsos de éste resultan reprimidos en algún punto de su desarrollo por las normas culturales que se imponen sobre nuestra psique. Lo cual, por otro lado, no puede ser de otro modo, pues en cierta forma es el precio que pagamos como especie por la civilización.

Ahora esta historia –de histeria– es el tema de una interesante novela gráfica creada por Richard Appignanesi y Oscar Zárate, autor e ilustrador que se dieron a la tarea de contar cuadro a cuadro el surgimiento de una disciplina que si bien ha sido siempre polémica, para muchos ha resultado en tratamiento y cura de las represiones impuestas por la razón.

En Histeria (ecc ediciones), los autores muestran la relación entre Charcot y Freud, las manifestaciones de la histeria en mujeres de finales del siglo XIX y principios del XX, la hipnosis, el mundo de los deseos reprimidos y, sobre todo, la genial intuición de Freud para vislumbrar lo que a la postre serían los pilares de la disciplina que fundó.

 

También en Pijama Surf: ¿Por qué los médicos dejaron de administrar orgasmos a las mujeres histéricas?