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Para el profesor Gregory Okin, profesor de geografía y autor de una investigación al respecto, "las mascotas tienen muchos beneficios, pero también un importante impacto ambiental"

En los últimos años se han buscado múltiples alternativas para reducir la huella ecológica individual y global como medida para disminuir los síntomas del cambio climático. Entre las investigaciones más promovidas se encuentra la que explica que la acción que mayor impacto negativo tiene en el medio ambiente es tener hijos. Sin embargo, se ha descubierto que las mascotas también tienen un impacto más o menos significativo que vale la pena observar.

De acuerdo con una investigación realizada por científicos de UCLA en Estados Unidos, los dueños de los hijoperros compran artículos como camas ergonómicas, champú de manzanilla, regalos con sabor a tocino y otros artículos que resultan en un total de 47 miles de millones de dólares y 64 millones de toneladas de dióxido de carbono al año. Es decir, un equivalente al impacto de 13.6 millones de automóviles al año. Y en caso de que tengan una dieta basada en carne, se tiene un mayor impacto ambiental en términos de erosión, pesticidas y desperdicios en energía, suelo y agua.

Para el profesor Gregory Okin, profesor de geografía y autor del estudio, no se trata de deshacerse de las mascotas o ponerlas bajo régimen vegetariano –lo cual, por cierto, es contraproducente– sino de “considerar todo el impacto que las mascotas pueden generar y tener una conversación honesta al respecto. Las mascotas tienen muchos beneficios, pero también un importante impacto ambiental”.

Tan sólo en EEUU, explica Okin, se estima que hay 163 millones de gatos y perros, los cuales: a) implican el 40% del impacto ambiental del consumo cárnico en este país; b) en caso de que ocupasen un país, los perros y gatos se convertirían en la quinta nación de mayor consumo de carne; c) producen alrededor de 5.1 millones de toneladas de heces al año 8cantidad equivalente a 90 millones de estadounidenses); y d) tanto los perros como los gatos consumen la misma cantidad de calorías que toda la población de Francia en 1 año.

Para regular y reducir la huella ambiental de las mascotas, existen algunas alternativas que compartimos a continuación:

– Regula la cantidad de alimentación al día. Muchas mascotas tienen más peso de lo que su raza, edad o salud requerirían, resultando ello, en ocasiones, en una serie de costosas complicaciones como diabetes, enfermedades cardiovasculares o problemas en los tendones. Es mejor preguntarle al veterinario la cantidad adecuada para la mascota.

– Antes de comprar una marca, revisa los ingredientes. Los perros y los gatos son felices con objetos reutilizados y reciclados. Realmente no requieren ni necesitan un producto cárnico con sabor a pollo y camarón. Elige alimentos que supongan un potencial proteínico mediante la carne de res, pollo o pez y evita aquellos con maíz, semillas, granos y otros aditivos. Las últimas opciones pueden costar menos, pero tienen mucho más impacto en el medio ambiente.

– Salgan a caminar o a correr juntos. Una caminata diaria de 15 minutos no sólo ayuda al desestrés del dueño; también, a la quema de calorías de ambos.

– Recicla los contenedores de comida. Las bolsas de los alimentos y las envolturas de los juguetes, entre otros, son productos que pueden reciclarse, y así se puede evitar que tengan un mayor impacto en el medio ambiente.

– Elige las bolsas ecológicas. En los últimos años han surgido alternativas ecológicas a las bolsas para recoger los desechos fecales de los animales; son bolsas biodegradables y libres de los contaminantes.

– Adopta en vez de comprar. En la calle, carreteras y perreras existen múltiples animales en espera de ser adoptados o eutanizados. En vez de comprar en función de una raza, adoptar a un animal puede no sólo reducir la huella ecológica sino, también, mejorar el vínculo afectivo entre dueño y mascota.

– No dejes los residuos fecales a mitad de la calle. Se trata de una educación cívica que envuelve a la convivencia social con el objetivo de reducir la incidencia de infecciones, plagas y enfermedades.

En los mares de Australia, un grupo de científicos encontró una zona de congregación de pulpos con toda la apariencia de una ciudad construida por ellos mismos

La inteligencia de los pulpos y otros cefalópodos es sorprendente y en algunos casos increíble, sobre todo para una especie como la nuestra que, culturalmente, ha desarrollado la creencia de que somos el pináculo de la evolución.

Los pulpos, sin embargo, son uno de los mejores ejemplos de que la capacidad cerebral bien puede tener otras expresiones y seguir otros desarrollos además del que puede observarse en el caso del ser humano.

El descubrimiento que ahora reseñamos abona a dicha reputación de los pulpos, pues durante muchos años los científicos que investigan su comportamiento solían considerarlos animales solitarios, pero a partir de hoy esa creencia podría ser puesta en duda.

De acuerdo con el reporte de una investigación publicada recientemente en la revista especializada Marine and Freshwater Behavior and Physiology, en las inmediaciones de la bahía de Jervis (al sureste de Australia) fue descubierta en las aguas submarinas una estructura en torno a la cual se observaron varios pulpos reunidos, comunicándose y al parecer incluso habitando.

Además de que este hallazgo cuestiona la idea de la aparente falta de comportamiento social de los pulpos, tiene relevancia porque la estructura encontrada no tiene un origen natural, sino que aparentemente es una construcción expresa de los moluscos.

Antes, en el 2009, se realizó una observación similar, en la misma zona de las aguas australianas, de una reunión considerable de cefalópodos en torno a un punto específico. Entonces se presumió que el objeto por el cual los pulpos se concentraban en esa área era un artefacto humano no identificado, de aproximadamente 30cm de largo, incrustado con firmeza en el suelo marino y posiblemente metálico, mismo que había caído al mar y que por su rareza en el contexto submarino había servido de punto de referencia para los pulpos. En aquella ocasión los científicos bautizaron el lugar como “Octópolis” (por los octópodos, el orden de moluscos al que pertenecen los pulpos, por sus ocho brazos, y “polis”, la palabra griega para ciudad).

No obstante, en este descubrimiento la expedición no observó ningún objeto en específico que congregara a los pulpos, sino más bien “construcciones” al parecer propias, elaboradas con conchas y otros restos de moluscos de los que usualmente se alimentan (almejas, ostiones, etc.) y, asimismo, aprovechando las formaciones rocosas del suelo submarino. A esta segunda ciudad los científicos la bautizaron como “Octlantis”, que en español se traduce como “Octlántida” (en alusión al mito griego de la Atlántida, la ciudad submarina mítica mencionada por Platón en un par de sus Diálogos, ejemplo de sabiduría y destruida por su soberbia). 

(Cada una de las letras señala un pulpo residente de "Octlántida")

Cabe mencionar, por otro lado, que en esta segunda ciudad los investigadores se toparon con un fenómeno hasta ahora inédito y que no alcanzan a explicar: la violencia. Aparentemente, en “Octlántida” los pulpos macho pasan buena parte de su tiempo peleando entre sí, persiguiéndose y echando a sus congéneres de las construcciones que sirven de sus guaridas. Una consecuencia más previsible es que un punto de reunión como este atrae naturalmente a los depredadores, un desafío que los pulpos tendrían que resolver si persisten en habitar su "ciudad".

(Un pulpo expulsado de "Octlántida")

El descubrimiento, como decíamos, pone en duda la idea ampliamente difundida de que los pulpos son animales que viven solitariamente, pero también, como lo sugiere David Scheel, autor principal del estudio y adscrito a la Universidad Alaska Pacific, podría ser evidencia de que la selección natural sigue caminos similares sin importar la especie de la cual se trate, en este caso, llevando a los pulpos a un comportamiento social complejo equiparable al que presentan especies vertebradas complejas.

 

Imágenes: Scheel et al