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El famoso monje Thich Nhat Hanh nos habla sobre lo que define al amor verdadero, de acuerdo con las enseñanzas budistas

El amor, al igual que cualquier otra fuerza en la vida, admite diversas posibilidades y manifestaciones. Pero si lo que queremos es distinguir al amor en su estado más puro, algo así como el clímax integral de lo que conlleva el amor, entonces quizá tendríamos que tratar de definir o determinar los ingredientes propios de este estado o sentimiento. En palabras de Thich Nhat Hanh, el famoso monje budista originario de Vietnam, estaríamos refiriéndonos a "amor verdadero", ese que puede distinguirse de entre cualquiera de las posibles acepciones del término. 

En una de sus pláticas, que al final de esta nota puedes ver en video, Thich Nhat Hanh advierte que el verdadero amor es aquel capaz de hacer que sufras menos y que aquellos que te rodean también experimenten menos sufrimiento. Ademas, nos dice que el verdadero amor requiere de generar alegría; si esto no ocurre, difícilmente podríamos estar hablando de amor. También apela a la compasión, y refiere cómo esta, entre más la procuramos, más se desarrolla –y por lo tanto, más fácil será crecerla y seguirla practicando–. 

El amor verdadero es capaz de generar alegría para ti y para la otra persona. 

Es importante enfatizar que el amor al cual se esta refiriendo Thich Nhat Hanh no incluye solamente a la tradicional noción de amor entre pareja, sino al amor como un sentimiento pleno que se practica no sólo con el resto de las personas sino también con todo aquello con lo que nos relacionamos, empezando con la vida misma y, en especial, contigo mismo. Pero esto tampoco quiere decir que las parejas que buscan protocolos para mejorar su vida juntos no deban prestar atención a estos preceptos.

Los cuatro ingredientes esenciales del amor verdadero son:

1. Amor / Bondad

2. Alegría

3. Compasión

4. Inclusividad

Cuando se comprende que en la acción y la situación del otro hay un mensaje, un conjunto de signos por descifrar, unas señales, un grimorio para adentrarse en el conocimiento sobre mí mismo, se percibe toda la existencia en un estado expandido de la experiencia vital

El otro, algo que nunca voy a ser yo; Yo, algo que nunca voy a ser sin el otro.                                                                                                           

(Anónimo)

Podría afirmarse que tanto el hombre como la cultura misma se configuran al mismo tiempo que prevalecen a partir de una vasta herencia simbólica legada por la historia y el devenir de la transmisión de los pueblos. Buscando siempre una interpretación colectiva y en acuerdo común de los sucesos que confluyen en la bóveda celeste, los hombres apreciaron esta herencia exuberante generándose una dinámica autónoma o un patrón aleatorio, que amplía las posibilidades del lenguaje en la medida en que se involucran nuevas experiencias. En ese orden de ideas, podemos decir que expandir el lenguaje es expandir el pensamiento y a su vez la proyección de éste en la materia (los objetos físicos).

Por lo tanto, a esta relación de intercambio entre los hombres y los pueblos, el conocimiento filosófico la denominó “la política”. Haciendo lectura de las reflexiones compiladas de Hanna Arendt en ¿Qué es la política?, un texto bastante pertinente a nuestra época y obra póstuma publicada a partir de sus talleres de filosofía en los años 50 en la Universidad de Princeton, podríamos inducir que es  además una de las más acertadas del conocimiento filosófico actual. Encontramos en la filósofa alemana discípula de Heidegger y de Jaspers, una de las más valiosas definiciones de esta dimensión del conocimiento filosófico, ante el advenimiento de la posmodernidad; para Arendt: "La política es el encuentro con el otro".          

A partir de ese encuentro los eventos son infinitos, de manera que como seres sociales comprendemos cotidianamente la necesidad de lo gregario, puesto que nuestra sobrevivencia se da en la medida que intercambiemos servicios y favores con el entorno; por lo que es de considerar, entonces, que la existencia y la realización humana dependen enteramente de la relación entre los unos y los otros.

Partiendo de esta necesidad de correlación, podemos tomar como ejemplo una de las manifestaciones ancestrales más particulares del arraigamiento tribal, siendo esta, precisamente, la forma en que ha perdurado a lo largo de la historia uno de los castigos más tradicionales, como el exilio y la anulación de la vida social. Si nos remontamos a la antigua Grecia, por ejemplo, para quienes llevaban una vida indeseable o también para quienes alcanzaban conocimientos superiores del entorno; de igual manera, estaban socialmente condenados  al "ostracismo", una cierta forma de destierro a la vida salvaje alejado de la polis. Desde un punto de vista renovado, Robert Anton Wilson define la necesidad de esta relación de intercambio como consecuente al principio de bio-sobrevivencia, que se representa  en nuestra sociedad actual en la relación de intercambio que hacemos con el dinero. Asimismo, el autor también nos habla del exilio en términos similares en el Prometeo ascendiendo: “Esto es precisamente lo que los hombres y las mujeres tribales sienten si son expulsados de la tribu, es por eso que creo que el exilio, o incluso el ostracismo, fueron suficientes para hacer cumplir los castigos tribales y crear conformidad en la manada durante la mayor parte de la historia humana”.

A manera de premisa sintética, imaginemos que las posibilidades del juego social se proyectan en una multiplicidad caleidoscópica y diversa, siendo de esa manera como se involucra la pluralidad en el despliegue de ese entramado de lo humano, la esencia misma de la política; una telaraña fractal de emociones, percepciones y sentires que van mediadas siempre desde la intuición inconsciente y a través del lenguaje. Dice Arendt que es en la pluralidad y la diversidad (la diferencia) en donde se hace complejo el asunto de la relación con el otro, aspecto por el cual ningún sistema de pensamiento filosófico ha logrado dilucidar la dimensión de lo político hasta la actualidad, más allá de la postura hobessiana de “el hombre como lobo para el hombre mismo”, puesto que ninguno hace referencia a promover la diversidad como principio fundamental.

Dicha telaraña fractal se puede contemplar como un compendio de referencias y señales que nos permiten descifrar rutas y mapas para navegar con nuestra percepción en el flujo de las acciones y las reflexiones cotidianas a posibilitar en nuestro juego de vida (entendidas como reflejos). La conciencia como un cristal prismático, donde se condensan las percepciones, las emociones, los sentimientos, a manera cada uno de canales de luz (conocimiento) y se vuelven una sola fuente, el origen de la noción de realidad, que cada uno crea. 

En la misma introducción del Prometeo ascendido, hecha por Israel Regardie, encontramos un concepto interesante sobre la visión prismática del espíritu humano, la unidad de una conciencia colectiva que transmuta desde la interacción y la congregación: la mente en materia. Al tiempo que podemos afirmar que nace la paradoja de no ser el otro, pero no poder existir sino a través de él: 

(En) 1964, el Dr. John Bell publicó una demostración que los físicos aún evaden. Lo que Bell pareció demostrar es que los efectos cuánticos no son locales, en el sentido de Bohn, esto es, que ellos no están sólo aquí o allí, sino en ambas partes, esto aparentemente significa que ese espacio y tiempo son sólo reales para nuestros sentidos de órganos mamíferos; y no son verdaderamente reales. Este escrito me recuerda mucho al concepto hindú de la red de Indra, que es descrita a veces como una gran red que se extiende a lo largo de todo el universo; verticalmente para representar el tiempo, y horizontalmente para representar el espacio. Cada punto donde se cruzan las hebras de esta red es una cuenta de diamante o de cristal, el símbolo de una existencia individual. Cada cuenta de cristal refleja en el brillo de su superficie el brillo de las otras cuentas (un reflejo infinito de todas ellas).

Aun a  pesar de las tendencias en los devenires históricos, éstos permiten también que la conciencia descubra  su propio centro, su vocación dármica, porque mientras el espíritu evada la propia búsqueda de la misión del ser, el propósito  en nuestro tiempo de vida, estaremos atrapados como una pieza más en los círculos de la gran maquinaria industrial y consumista  que opera a los Estados y las naciones y que se sustenta en la licantropía antropófaga que definió Hobbes, siendo ésta la que da origen al legado de la indiferencia, el ajenamiento, la división de la soledad a la que nos condenó la modernidad y la posguerra, recordando a Jean-Paul Sartre y su célebre frase: "El infierno son los otros".  

Por otra parte, si nos detenemos a observar en profundidad esta relación entre los pueblos y los hombres que es la que da origen al Estado como construcción social, diríamos que la materia desde la cual se proyectan las relaciones es el lenguaje y el símbolo, que se despliega asimismo a través de una infraestructura material "urbe" proyectada también desde la mente, en el espacio y el espectro (éter) y asimismo desde el lenguaje y el signo, hasta llegar a transgredir e irrumpir en la función y la asimilación panteísta de la naturaleza (un aprendizaje orgánico del mundo natural y asimismo de la vida) por un racionalismo consecuente al paisaje urbano. 

Así, podemos reafirmar la realidad como esa telaraña fractal de singularidades, una red material donde se contienen en equilibrio prismático los acuerdos, las aspiraciones, los deseos, las perversiones tanto de lo colectivo como de lo personal, de manera inversa y especular, como si de un gran espejo universal se tratase y junto con todas las limitantes que esto conlleva, Borges, en una de sus ficciones, "Animales en los espejos", nos menciona precisamente acerca de este reino especular: 

En aquel tiempo, el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaban, como ahora, incomunicados. Eran, además, muy diversos; no coincidían ni los seres ni los colores ni las formas. Ambos reinos, el especular y el humano, vivían en paz, se entraba y salía por los espejos. Una noche, la gente del espejo invadió la tierra. Su fuerza era grande, pero al cabo de sangrientas batallas las artes mágicas del Emperador Amarillo prevalecieron. Éste rechazó a los invasores, los encarceló en los espejos y les impuso la tarea de repetir, como en una especie de sueño, todos los actos de los hombres. Los privó de su fuerza y de su figura y los redujo a meros reflejos serviles. Un día, sin embargo, sacudirán ese letargo mágico.

De manera que ese reino especular sería una metáfora que proyecta no solamente una imitación nuestra de lo de afuera, sino una reflexión de la conciencia propia en el mundo de los otros, siendo "el otro" algo que aparentemente está desprendido de mí, pero que está condenado a imitarme, a proyectarme, a repetir lo que soy y viceversa. En donde además estoy obligado a verme y encontrarme con mi reflejo, aun y sobre todo cuando la búsqueda se dirige hacia afuera del cuerpo y no hacia adentro de él. El otro se ve entonces como el reflejo de alguna dimensión de luz, sombra o aspecto sobre nuestra propia conciencia, algo que ésta nos recalca y nos señala, por mucho que nos incomode o le hagamos caso omiso. 

Los indígenas makuna del Vaupés en la Amazonia colombiana, tienen una cosmovisión generada a partir del efecto de reflejo de los ríos afluentes del Amazonas por el que transitan, y que es medio principal de su subsistencia. En la investigación hecha por el antropólogo Kaj Arhem e ilustrada por el fotógrafo y colombiano Diego Samper, Portrait of an Amazonian people, Arhem define la cosmovisión de esta tribu de la siguiente manera:

Un río celestial atraviesa las alturas de este a oeste, que navega el Sol cada día, y otro fluye en dirección contraria por el inframundo, por donde retorna el Sol a oriente completando el circuito cósmico (…). La tierra makuna es plana y circular, como el tiesto de cerámica en que cada mujer prepara diariamente la torta de casabe. Bordeando su mundo hay un círculo de colinas que soporta el cielo y protege sus habitantes. Hay cuatro entradas, en cada uno de los puntos cardinales, y otra al centro que permite el acceso a los diversos niveles del cosmos. Ide sohe, la puerta del agua, está situada al este donde el Sol se levanta cada mañana y donde la tierra se funde con el cielo. Es la fuente de toda vida en la tierra y la boca de Oheng riaka, el río de la leche, que atraviesa la tierra y recoge todas las aguas. Al occidente se encuentra Huna sohe, la puerta del sufrimiento y fin del mundo. Asociada con la muerte y la enfermedad, es la entrada de las fuerzas destructivas del inframundo que periódicamente invaden la tierra. Al norte y al sur se sitúan Warua soheri, las puertas de las costillas, relacionando de modo simbólico el cosmos con el cuerpo humano.

El espejo los dos mundos también forma parte de la interpretación que  los egipcios hicieron del universo, quienes también desde su cosmovisión fluvial, representaban al mundo celestial como un reflejo especular de agua, como podemos encontrar en el texto Cosmología de los textos de las pirámides publicado en la revista Yale Egyptological Studies 3, Religion and Philosophy in Ancient Egypt, en 1989 por el autor James P. Allen:

Hay también partes del cielo asociadas con el agua: tanto el campo de juncos como el campo de ofrendas pueden inundarse, y un pasaje habla de un lago o canal excavado para el rey en el campo de juncos. Numerosos canales y lagos existen también entre estos campos. Uno de esos puede ser la masa de agua llamada “ptrw” o “ptrtj” (“aguas de espejo” – i. e., reflejantes), que está específicamente asociada con el cielo en Pyr. 468 a. Como el cielo puede ser cruzado en barcas y como el Nilo en la tierra, surge de las cavernas.

Así entonces, esta interpretación del mundo de los espejos parte siempre de la condición y la predisposición de la conciencia a identificarse con algo como manera de revelarse a sí misma. Lo cual también se puede ver cómo un juego sucesivo de máscaras y representaciones que probamos hasta sentir que, en el ejercicio hierático, algo de cada máscara nos descubre, tatuando en nosotros; piezas de una y otra que van revelando y constituyendo lo que somos, nuestra conciencia. Serge Moscovici le llamó a esto "representaciones sociales", que en un sentido amplio representan una forma de pensamiento social, concepto que definiría basándose, asimismo, en el término acuñado por Émile Durkeihm de las “representaciones colectivas” . 

Cuando se comprende que en la acción y la situación del otro hay un mensaje, un conjunto de signos por descifrar, unas señales, un grimorio para adentrarse en el conocimiento sobre mí mismo, se percibe toda la existencia en un estado expandido de la experiencia vital.

Desde este punto de vista, la realidad se entiende como construcción mental posibilitada desde la cultura, que a su vez es diseñada y moldeada a través del lenguaje,  revelándose ante nosotros como  una ilusión del tiempo (los horarios, las jornadas, las rutinas) y el espacio (las ciudades, las casas, los paisajes) y así sucesivamente se transita en el espejismo de la vida, puesto que las mismas son ante todo construcciones mentales, socialmente acordadas para configurar lo que ocurre afuera del cuerpo, bajo una noción de orden característica de cada pueblo.

De esa forma, el tiempo y el espacio son extensiones y proyecciones del lenguaje y del pensamiento o, por lo menos, la asociación perceptual que hacemos de estos fenómenos o fuerzas que mueven al universo que nos rodea, que son tan incomprensibles como al mismo tiempo probables, tan demostrables como intangibles, y esto va siempre desde el signo y el símbolo.