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¿Por qué la comida parece saber mejor cuando peor nos sentimos emocionalmente?

Ciencia

Por: pijamasurf - 11/26/2017

Estas son algunas de las razones científicas y psicológicas de esa peculiar relación entre la comida y nuestras emociones

La cercanía de la relación entre la comida y las emociones es un fenómeno que sin duda muchos de nosotros intuimos por mera experiencia. En muchos estados emocionales, la comida se presenta como un acompañante más o menos natural: cuando celebramos algo, por ejemplo, pero también cuando nos sentimos tristes e incluso cuando nos sentimos presionados o ansiosos ante determinada situación.

Las razones que explican este vínculo son diversas. Por un lado, la historia de vida de una persona suele ser uno de los principales factores que desencadenan nuestro impulso por encontrar una especie de “refugio” al comer. Personal y socialmente, la comida tiene para el ser humano también ese significado cultural añadido en el que se encuentran asociadas sensaciones como la calma, la comodidad, la seguridad o el consuelo. 

En ese sentido, es sumamente lógico que sobre todo en situaciones de decaimiento emocional –tristeza, sensación de abandono, decepción, sensación de fracaso, etc.– busquemos comidas que nos reconforten, usualmente de alto contenido calórico o servidas a altas temperaturas (sopas, pizzas, postres, por poner algunos ejemplos).

Ese mismo efecto, sin embargo, también tiene una raíz neuroquímica. Como han demostrado varias investigaciones al respecto, comer algo que nos gusta detona una dosis de sustancias en el sistema endocrino que a su vez significa una reacción de placer en el llamado “centro de recompensa” de nuestro cerebro, en donde se combinan zonas que procesan tanto nuestras emociones como nuestras reacciones corporales ante un estímulo exterior, a lo cual puede sumarse además el efecto puntual de ciertos alimentos, como el chocolate, que poseen una composición química que refuerza dicha sensación de satisfacción.

Dicho de manera muy obvia, comer bien nos hace sentir bien, y en cierta forma por eso acudir a la comida en medio de una crisis emocional puede mirarse también como un comportamiento adictivo, pues de alguna manera se intenta paliar el dolor de una emoción negativa con los efectos positivos de una sustancia externa.

En el caso del estrés, la relación entre éste y la comida es un tanto menos sencilla de explicar y, hasta ahora, las investigaciones sobre el tema no han podido coincidir en una sola respuesta.

Si tú eres de las personas que en una situación de preocupación y tensión sienten, de pronto, un hambre incontenible, un deseo impostergable de comer (de preferencia, también, alimentos de alto contenido calórico), una de las respuestas más probables es que esto se deba a las hormonas que liberan las glándulas suprarrenales como reacción al estrés, entre éstas la adrenalina, que entre los muchos efectos que provoca en nuestro cuerpo (aumento del ritmo cardíaco, dilatación de la pupila, etc.), también nos hace sentir hambre. 

Si bien la adrenalina es un recurso que evolutivamente desarrolló nuestra especie (y otras) como respuesta al peligro, en el caso del ser humano sus efectos persistieron aun cuando la naturaleza de dichos “peligros” es completamente distinta.

Una de las hipótesis más novedosas e interesantes sobre la relación entre el estrés y el deseo de comer es la que ha desarrollado en los últimos años Brian Wasnik, actual director del Laboratorio “Food and Brand” de la Universidad de Cornell. Según Wasnik, existe una alta probabilidad de que nuestra búsqueda de comida en momentos de estrés no se deba al hambre o a la necesidad de satisfacción, sino a algo un tanto menos fisiológico: el impulso de distraernos.

En varios experimentos, Wasnik ha observado que en un contexto de tensión emocional las personas, en efecto, buscan comer, pero pueden llegar a comer lo que sea que tengan al alcance, y si se buscan opciones saladas, grasosas o dulces, es sólo por el componente emocional o cultural que suele estar asociado a dichos tipos de alimentos. Ahora bien, al menos según las investigaciones de este científico, en el caso del estrés parece ser que la comida no se busca tanto por el deseo de ser reconfortados sino, más bien, como un escape destructivo frente a aquello que nos perturba.

De las observaciones de Wasnik se puede derivar también el consejo de que en una situación de estrés quizá, antes que ordenar una pizza o hurgar por enésima ocasión en una bolsa de frituras, probemos opciones de comida un tanto más saludable (vegetales crudos, nueces, fruta, etc.) y quizá incluso, si el único objetivo es distraernos, intentar no comer; saltar la cuerda durante 15 minutos, estirarse o salir a caminar puede tener el mismo efecto. Y también, como hemos sugerido en otros textos de Pijama Surf, no ceder a la seducción de la distracción y el placer instantáneo, sino encarar eso que nos estresa para poder superarlo y aprender la lección que conlleva el reto.

Sea como fuere, la comida tiene para el ser humano una de las relaciones más complejas de todas las que hemos desarrollado a lo largo de nuestra historia con el mundo que nos rodea. Comemos para sobrevivir, pero no solamente. Y en ese "no solamente" caben estos matices de los que hemos hablados y muchos otros.

 

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Beber alcohol te ayuda a hablar mejor un idioma extranjero, según este estudio

Ciencia

Por: pijamasurf - 11/26/2017

¿Quieres mejorar tu habilidad oral en otro idioma? Este estudio aporta una sugerencia interesante

El alcohol es bien conocido por su efecto de desinhibición. Esa alegría que parece sobrevenir después de unos cuantos tragos no es otra cosa más que el triunfo del alcohol sobre nuestras inhibiciones, esto es, sobre nuestros miedos, angustias, ansiedades, preocupaciones, limitaciones y así sucesivamente. Triunfo parcial y efímero, es cierto, una victoria pírrica, pero triunfo a fin de cuentas, aunque sea sólo por unos momentos.

Pero más allá de situaciones más o menos comunes en las que el alcohol hace de las suyas (la fiesta, el cortejo, etc.), quizá no sería mala idea comenzar a explorar ese beneficio potencial en otras circunstancias a las que no solemos asociarlo. Por ejemplo: la práctica de un idioma extranjero.

Al menos así lo sugiere un estudio publicado recientemente sobre el efecto del alcohol en la capacidad de hablar un idioma distinto al nativo.
Investigadores de la Universidad de Liverpool, el King’s College London y la Universidad de Maastricht (Países Bajos) reunieron a 50 estudiantes de esta última universidad, cuya lengua materna es el alemán pero que asisten a cursos impartidos en holandés. Los 50, cabe mencionar, habían aprobado un examen de competencia en dicha lengua.

El experimento diseñado por los científicos consistió en que cada uno de los estudiantes tuvo una conversación breve y sencilla con otra persona en holandés. Sin embargo, a la mitad de ellos se les dio de beber agua antes de la entrevista y a la otra mitad una bebida alcohólica (equivalente a una pinta de cerveza). Además, al terminar, se pidió a cada estudiante que calificara su propio desempeño con la lengua.

En una segunda fase, dos personas cuyo idioma nativo era el holandés escucharon las grabaciones de estas pláticas y evaluaron el manejo del idioma de los participantes, esto sin saber que algunos de ellos habían bebido alcohol poco antes de hablar.

Al reunir los resultados, los investigadores encontraron que, en general, el alcohol no había afectado la evaluación que los estudiantes hicieron de sí mimos, es decir, no se mostraron ni más confiados ni más complacidos con su manejo oral del holandés.

No obstante, de acuerdo con la evaluación externa, el desempeño sí fue distinto. En el caso de los estudiantes que bebieron alcohol antes de la conversación, los nativos holandeses que escucharon esas grabaciones notaron sobre todo una mejor pronunciación en las palabras y una mayor elocuencia, en comparación con quienes bebieron agua. En otros aspectos como la gramática, la amplitud del vocabulario o la capacidad de argumentación, la calificación fue muy similar en ambos grupos.

Ante estos resultados, los investigadores hacen un par de acotaciones. En primer lugar, una especie de alerta de moderación, pues aunque el efecto desinhibidor del alcohol parece mejorar la fluidez en un idioma extranjero, en dosis mayores puede provocar justo lo contrario.

Asimismo, en el caso de las circunstancias de este estudio, sus autores dicen no poder saber si dicha mejora se debe al efecto que el alcohol provoca en el cuerpo o si se trata más bien de un fenómeno psicológico, y si es más bien esto último, ¿funcionaría también el efecto placebo? Es decir, si una persona cree que bebió alcohol, ¿también hablaría mejor en un idioma extranjero? 

En este sentido, los investigadores reconocen la existencia de la “ansiedad del idioma” (language anxiety), por la cual los pensamientos y emociones de una persona afectan su habilidad para manejar un idioma distinto al nativo.

Como vemos, la investigación (que puede encontrarse en este enlace) se abre a más preguntas en torno a este fenómeno. Por el momento, si estudias una lengua y quieres mejorar tu capacidad de hablarla, puedes considerar beber antes una cerveza u otro trago de tu preferencia.

 

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