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Estas actitudes sugieren que quien las muestra podría ser una persona poco ética

Sabemos que no hay negros ni blancos absolutos en las personas, aunque la balanza puede inclinarse hacia ciertos lados. Sobre la gente que tiende a ser inmoral, quienes sienten poca empatía por los otros y están dispuestos a pasar por sobre quien sea para conseguir sus propósitos, su inmoralidad puede entreverse con indicios que están ahí, latentes, en las cosas más insignificantes. Obvio no nos referimos a la moral como un credo dogmático, generalmente insensato e incluso caduco, sino a la poca ética que rige los actos de ciertas personas.

Estas son algunas señales que pueden ayudarte a descubrir si tú, u otros, tienden a ser inmorales. Una herramienta bastante útil en tiempos en los que pareciera que instituciones y, en general, el sistema, tienden a premiar conductas o filosofías que sin duda no están orientadas a buscar el bien común y el respeto hacia el otro –la calidad moral de muchos políticos, empresarios, doctores, etc., así lo sugiere–.

Generalmente se asocia a cualidades como el egoísmo, la ambición y la incapacidad de ponerse en los zapatos del otro, es decir de ejercer empatía, que son  algunos de los comunes denominadores de estas personas. Las anteriores se manifiestan en conductas como las que enlistamos a continuación, y que bien pueden servirte para evaluar a ciertas personas que seguramente te rodean, pero también para practicar la auto-evaluación: 

1. No escucha, interrumpe y solo habla de sí mismo: esto es un signo de poca empatía y egoísmo.

2. Trata bien sólo a las personas que le interesan. A otros, como los meseros, mal.

3. No se alegra de los éxitos de los demás.

4. Es irrespetuosa con la naturaleza.

5. Cree que sus objetivos son más importantes que los de los demás.

6. Miente continuamente con el fin de conseguir sus propósitos.

Los adolescentes hoy y hace 50 años: fotografías de la etapa más conflictiva de la vida

Sociedad

Por: pijamasurf - 12/08/2017

La Galería Michael Hoppen de Londres reunió el trabajo de Joseph Szabo y Sian Devey, dos fotógrafos que en distintas circunstancias han capturado con su cámara la dificultad de ser adolescente

Contrario a lo que pueda pensarse, la adolescencia es una invención relativamente reciente en la historia de la humanidad. Por muchísimos años, las únicas edades en que el ser humano dividió su propia existencia eran tres: la infancia, la edad adulta y la ancianidad. Esas son, de hecho, las mismas que aparecen en el célebre enigma que la Esfinge propuso a Edipo.

Sin embargo, en cierto momento, social y culturalmente comenzó a definirse un periodo de la existencia hasta entonces inédito, representado por individuos que habían dejado de ser niños pero que, por distintas razones, todavía no podían ser considerados adultos. 

Los ritos comunitarios que antes acogían y acompañaban la transformación del infante en un miembro reconocido de la comunidad habían desaparecido y, como consecuencia, ahora estaban ahí esos “jóvenes”, rebeldes y caóticos, incomprendidos, desesperados porque alguien escuchara sus preguntas, su confusión, el conflicto que les provocaba la obligación de formar parte de una sociedad que, sin embargo, parecía haberles dado la espalda.

La idea de la adolescencia sirvió entonces para intentar atajar ese conflicto. Definidos de esa manera, los problemas del sujeto que ya no se siente niño pero tampoco encuentra un lugar en el mundo de los adultos, comenzaron a catalogarse como problemas propios de esa edad, a encasillarse en una etapa conflictiva que pasaría cuando pasara la fiebre propia de la juventud.

Night Owls, 1971

 

Wild Horses, 1979

Este entendimiento de la adolescencia como un periodo problemático tiene una expresión sumamente precisa en la mirada de dos fotógrafos, Joseph Szabo y Sian Devey, quienes en distintas épocas y en distintas latitudes, enfocaron sus cámaras a estos jóvenes rebeldes, complicados, desbocados en su recién descubierta libertad.

Szabo tomó sus fotografías sobre todo en territorio estadounidense, en la década de 1970, mientras que Devey, asentada en el Reino Unido, emprendió recientemente la serie Martha en torno a su hija, que en ese momento tenía 16 años y que aún se encuentra en curso.

Priscilla, 1969

 

Tony and the Bar Boys, 1975

El trabajo de Szabo es bien conocido. Sus fotografías de adolescentes han aparecido en varias publicaciones de renombre: en la revista Time, por ejemplo.  Alguna fue utilizada para la portada de un álbum musical y Sofia Coppola las tomó como inspiración al adaptar para el cine Las vírgenes suicidas.

Por otro lado, las imágenes de Devey ofrecen un contrapunto estimulante. Con cinco décadas de diferencia, sus fotografías ofrecen un atisbo a cierta forma de la adolescencia contemporánea en la que quizá podrían echarse en falta las chamarras de cuero de otros tiempos, las miradas retadoras, la marginación a flor de piel, pero en la cual subsisten los titubeos de ese momento de la vida en que se tienen más preguntas que respuestas. El proyecto, de hecho, comenzó cuando Martha, la hija de Devey, le preguntó a su madre por qué a ella no le tomaba tantas fotografías como a su hermana menor.

La reunión de ambas miradas fue posible gracias a la Galería Michael Hoppen, situada en Londres, en donde se exponen las fotografías hasta mayo del 2018.

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