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Este es el resultado secreto de realmente realizar el adagio de "conócete a ti mismo"

Las filosofías de la India y Grecia tienen entre otras cosas algo muy importante en común: la primacía del autoconocimiento. En el oráculo de Delfos sabemos que estaba inscrito la máxima "Conócete a ti mismo" y ésta es la gran cuestión que dominó todo un quehacer filosófico en la antigüedad. Había algo místico en el autoconocimiento, como era explicado probablemente en los misterios de Eleusis, ya que conocerse a sí mismo implicaba conocer la propia alma y su inmortalidad. Conocerse era realmente descubrir un aspecto divino.

En el pensamiento védico, particularmente en el vedanta (en los Upanishad), se llevó esto a últimas consecuencias, hasta el punto de que lo único importante era conocerse a sí mismo y todo conocimiento aparte de esto era ignorancia. El conocimiento del sí mismo no era, sin embargo, como en la actualidad, descubrir el yo original que somos o desarrollar el potencial individual que nos hace auténticos -lo cual domina la espiritualidad new age. Significa alcanzar el Atman, esto es algo similar a lo que llamamos "alma", pero en un sentido impersonal. El Atman para el Vedanta, no es una persona, es aquella universalidad infinita que se manifiesta como el mundo de la diversidad sin nunca cambiar, libre de toda afectación, muerte o sufrimiento. Atman es para el vedanta igual a Brahman, dios, lo absoluto. En otras palabras lo que se dice es que quién realmente somos es nadie, pero ese nadie es todo. Y el Atman se alcanza entonces fundamentalmente a través de una vía negativa, eliminando todo lo que no somos, todas las ilusiones de la persona con las que nos identificamos y así limitamos.

Desde la perspectiva del tantrismo Shaiva, la noción de los "Upanishad" que considera que Atman es Brahman deriva en la noción de que el individuo en realidad es el todo y es una experiencia de gozo que el todo tiene (Shiva). Si la realidad del individuo es el todo, si esto se comprende, entonces naturalmente el miedo desaparece. Ya que el miedo sólo existe en torno a un otro.

Swamiji Lakshmanjoo, uno de los últimos maestros del tantrismo shaiva de Cachemira, explica unos versos de Abhinavagupta, quien señala que "Aquel que ha logrado conocer su propio Sí mismo, esa persona ya no le tiene miedo a nadie". Y no le tiene miedo porque "Sus ramas se esparcen por todas partes. No puedes tener miedo de ti mismo". Desde este entendimiento ningún fenómeno es recibido con miedo, todo es visto como "el glamour de su manifestación", el universo como un inmenso ornamento del ser que se expande y manifiesta en toda su gloria y diversidad sin preferencia. Por supuesto esto es algo sumamente difícil de lograr -estabilizar este conocimiento-. Y, sin embargo, no hay otra cosa que realmente valga la pena en la vida, según estas tradiciones. Sólo esta sabiduría libera. Aunque nos pueda parecer sumamente remota, todo los grandes maestros espirituales de la humanidad han notado esto: que el yo separado al que nos aferramos es una ilusión, que nuestra verdadera naturaleza es ilimitada y comprende el universo entero, el cual es un único ser hecho de pura conciencia y dicha.

A lo largo de la Historia occidental ha habido mujeres filósofas que, gozando de cierta seguridad económica y de un espacio para sí, cambiaron el curso tanto de los hechos históricos como de los movimientos filosóficos en diversas regiones del mundo

En su libro Un cuarto propio (1929), Virginia Wolff habla acerca de la impactante diferencia entre la novela y la realidad cuando se habla de la mujer. Mientras en las novelas que los hombres escriben, “nos las imaginaríamos como un ser de mayor importancia; muy cambiante; heroica y mezquina, espléndida y sórdida; infinitamente hermosa y horrible en extremo; tan grande como un hombre, tal vez mayor”; en la realidad, “las encerraban con llave, las castigaban y las tiraban por el suelo. […] Eran las esclavas de cualquier muchacho obligado por sus padres a ponerle un anillo en el dedo. […] Apenas sabían leer, apenas deletrear y eran propiedad de su marido”. Esta diferencia estaba marcada no sólo por la ficción, sino también por la disponibilidad del dinero y de un espacio personal para dar rienda suelta a la cultura, a la diversidad, al pensamiento.

A lo largo de la Historia occidental ha habido mujeres filósofas que, gozando de cierta seguridad económica y de un espacio para sí, cambiaron el curso tanto de los hechos históricos como de los movimientos filosóficos en diversas regiones del mundo. Aquí te compartimos la historia de cinco de ellas:

 

– Simone de Beauvoir (1908-1986)

Existencialista, marxista y fundadora de la segunda ola del feminismo. De Beauvoir es la autora de numerosos libros, como El segundo sexo, La ética de la ambigüedad, Memorias de una joven formal, La mujer rota y Todos los hombres somos mortales, entre otros. Criticó analíticamente ciertas prácticas de la sociedad, como el amor romántico y el matrimonio.

 

– Hannah Arendt (1906-1975)

Si bien ella misma no se consideraba filósofa, Arendt escapó de Vichy, Francia, para llegar a Nueva York, EEUU, en donde escribió numerosos ensayos sobre el totalitarismo. Su opus magnum fue Los orígenes del totalitarismo, en la cual analizó y explicó cómo este tipo de gobiernos alcanzan el poder, mientras que en su obra Eichmann en Jerusalén habla acerca de cómo un hombre promedio es capaz de hacer daño si tiene las condiciones adecuadas para ello.

 

– Philippa Foot (1920-2010)

Filósofa inglesa que revivió el pensamiento aristotélico. Su trabajo sobre ética describió el trolley problem –un experimento social enfocado en la psicología moral. Entre sus principales obras se encuentra Virtudes y vicios.

 

– Mary Wollstonecraft (1759-1797)

Hija de Lord Byron y madre de Mary Shelley, esta filósofa inglesa escribió Una vindicación de los derechos del hombre y Una vindicación de los derechos de la mujer, argumentando a favor de la educación de las mujeres. Hay quienes consideran que se trata de la primera filósofa feminista.

 

– Carol Gilligan (1936)

Fundadora de la escuela de la ética del cuidado, al trabajo de Gilligan se le ha tildado como “el pequeño libro que empezó una revolución” –principalmente su libro En una voz diferente. Ella cuestiona los valores de los estándares universales de la moralidad, tales como la justicia y el deber, a los cuales juzga de impersonales y distantes de los problemas. En su lugar, Gilligan propone poner en consideración dentro de la balanza las relaciones y su interdependencia en las acciones morales.